MOÑO DE RED DE CEBOLLA

Malena Low

El año 2019 fue un momento que me tuvo monotemática: me obsesionaban las vidas de artistas amateur, gente desconocida que llevaba una vida de artista con más o menos reconocimiento. Solo que en ese tiempo, como dice mi poema favorito, uno de Dolly Skeffington, “yo era muy joven entonces, muy pobrecita”, y estaba sobreexcitada con mi propio discurso sobre el descubrimiento de figuras y prácticas poéticas donde mirara. Lo que descubrí más tarde es que lo que más me gustaba eran los relatos sobre las obras, más que la obra en sí. Me gustaba escuchar hablar a personas sobre su propia vida y sobre vidas ajenas, anécdotas, cualquier cosa desde la más banal y anodina hasta la más excéntrica. La obra era un pretexto al que le dedicaba poco tiempo, una miradita por arriba. En realidad, a lo que le prestaba atención es a esa zona blanda, llena aire, una especie de corazón de goma espuma de la vida, que más tarde llevó mi interés a poetas y críticxs que escribieran sobre otrxs. Me bastaba con alguien que haya tenido una idea genial, y poder contarla, más que algo llevado a cabo, lo que me parecía casi superficial. De alguna manera, el texto “El coso del arte”, de Mariel Matoz habla de esto: el coso del arte reposa en sus testigxs (y testigx es una forma de decir un montón de cosas, desde personas que investigan, escriben, prestan atención, retienen recuerdos, sienten curiosidad por el quehacer de alguien).

Ayer leía el capítulo “Posthumous lives” de Video Green de Chris Kraus, en el que se cuentan estos “pormenores” que no lo son para nada: de quién se quede con tu obra y quién materne tu muerte casi siempre dependerá la narración de la historia. Penny Arcade vive junto al videasta Jack Smith los últimos años de su vida haciendo de la muerte de su amigo no algo duro y terrible sino algo suavizado, una preparación para su obra póstuma. Ese año, 2019, hice una exposición (aun sin conocer artistas, o al menos mis amigxs no eran reconocidxs por nadie) en el que el papelito que acompañaba la obra, donde generalmente se dicen materiales y medidas, era más o menos de una carilla. Yo contaba todo lo que sabía sobre esa persona y ese objeto expuesto en particular. Había llenado una pared con manuscritos de una poeta que murió a fines de los 90, Koala Calvet, después de que su nieta me haya facilitado sus documentos. Koala era una estudiante de letras que se había interesado muchísimo en el movimiento feminista de los 60, 70 y 80 y escribía poemas con mucho humor en contra del sexismo y el racismo, casi siempre en dos lenguas, ya que iba y venía de Buenos Aires a Nueva York. Solo conservo unas fotos de la muestra en las que se lee uno de sus escritos “What kind of latina fool am I?”, un autorretrato suyo desglosado en ítems en los que hablaba muy mal de la sociedad estadounidense, de su lugar como latina feminista, pero a la vez riéndose mucho de ella misma. También conservo un flyer de una lectura suya en WOW, un barcito de lesbianas en el que performeaba y leía, hoy convertido en un lugar bastante mainstream de la cultura de mujeres, lesbianas y trans en Nueva York. No entiendo porqué no fotocopié todo lo que la nieta me dio, y ahora me arrepiento, porque me encantaría investigarla. Hasta recuerdo que tenía uno de sus libros, no me acuerdo si era Fata Morgana o Pirate’s Laughter, dedicado a Griselda Gambaro, que es otra escritora que me gusta mucho, pero a la cual no creo poder preguntarle nada en relación a Koala porque tiene como 93 años. Pero no me animo a pedir de nuevo los manuscritos. En su momento había ofrecido ayudar a presentar los poemas a alguna editorial, poder pensar un prólogo que la conecte con todas esas escritoras feministas, poder contar su vida en contexto, pero tengo la sensación de que a su familia le gusta preservarla como una fuente de inspiración para ellxs mismxs.

Jazmín Kullock se acaba de mudar de taller. Soy la persona que más conoce su obra, no tanto por estar tan encima de sus pinturas y esculturas sino por ser esa testiga de sus secretos. Hasta ahora, su obra se construyó casi por completo de las experiencias que se busca para poder pintar. Y no quiero decir la vida que todo artista tiene cuando no está pintando. Los cuadros de Jazmín se alimentan de esa parte blanda, difícil de contar, es más, que nunca cuenta como algo necesario de su quehacer, y es algo así como una performance que lleva a cabo en silencio (o por fuera de su “statement” como artista). Hasta hace poco, se auto-perturbaba teniendo citas todo el tiempo y con todo tipo de personas, había algo en lo sexual, en la variedad de cuerpos y en el drama con el que venía cada unx que la dejaban trastornada: conocidxs, desconocidxs, famosxs, chaboncitos normaloides, pibas de tinder, lesbianas, mujeres con pija, hombres con concha, gente grande, gente joven, locxs de internet, gente de otros países, etc. Era ese trastorno obsesivo con la persona con el que terminaba pintando, el suyo propio. Por eso las caras tan repetidas, el autorretrato desfigurado. Jazmín se entregaba a ese estado de extrema maleabilidad y blandura dejándose deformar por los traumas de la gente. Eran como unas interminables sesiones de psicología express con gente que le atraía, abriendo ese espacio mental y sentimental compartido, en las que ella absorbía toda esa vida ajena para después pintar medio enloquecida. Aunque lo sexual ya la aburrió, porque se dio cuenta que era una especie de portal para entrar al espacio mental de su modelx de contra-plano, sigue esos encuentros como un laboratorio de intimidad simbiótica. Su nuevo taller tiene un entrepiso perfecto para estos encuentros. Es una de las habitaciones de Las Deudas, el espacio que acaban de abrir Z y Felipe Álvarez Parisi. Por ahora, Jazmín es la única habitante del inmensísimo local. Es una esquina gigante dentro de la cual funcionaba un supermercado chino. Fei, el supermercadista que les alquila a ellos ahora, dejó muchísimos objetos dispuestos de tal forma por él que parecen obras. Todavía el proyecto de los chicos está en su etapa más blanda, dentro de la cual todo está por hacerse, lleno de ideas sobre cómo será su funcionamiento y qué tipo de cosas tendrán lugar ahí, y yo me muero por ver cómo moldea a Jazmín y su obra. Es mucho más importante dónde tienen su taller lxs artistas que la galería con la que trabajen.

Detalle de pintura de Jazmín Kullock.

A JJ Romero lo conocí de casualidad. Alguien habló de “JJ, el matemático” y después me lo crucé en una muestra en Para vos…Norma Mía. Ahí le pregunté “¿vos sos JJ el matemático?” y nos hicimos amigxs. Me habló de un libro de Kathy Acker que estaba traduciendo y me lo pasó por mail. A los dos meses ya estábamos pasando navidad juntxs. JJ se entretenía haciendo un moño gigante con la red en la que venían las cebollas que íbamos a comer a la parrilla, mientras hablaba de miles de escritorxs que yo no conocía. Él se empezó a volver una referencia de nombres y libros, ideas de ensayos y poemas para traducir, tráfico de PDFs, carpetas de Drive. Un día le pregunté de dónde sacaba tantas cosas, o cómo podía hacer yo para aprender a saber cosas de internet. Me contó que él tenía una compulsión a leer todas las sugerencias de Google una vez que hacés una búsqueda sobre unx autorx, indagar en el link que dice: “Otras personas también buscan…”. Una vez, después de haber ido a pasear por Parque Rivadavia y reírnos de los genitales exagerados del caballo de la estatua de Simón Bolívar, subimos a su departamento y, siguiendo la conversación, mientras comíamos panes con mermelada, le comenté que me habían gustado mucho unos collages de una poeta, Alice Notley, a la que había llegado por azar. La buscamos en internet para ver sus cosas y entonces lo vi sacar unos papeles afiche pegados uno al lado del otro. Era una maraña de nombres y dibujos de todos los colores. Anotó a Notley entre todas unas flechas de la escuela de poesía a la que pertenecía, entre otrxs autorxs más o menos conocidxs. Qué lindo es entrometerse en el laboratorio mental de las personas. Tan lindo como el moño de red de cebolla, que me llevé de navidad y tengo colgado en el living de mi departamento.

Dibujo de JJ Romero.


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