CONVERSACIONES ENTRE UNX HUMANX, UNA COMPUTADORA Y DOS PAJARITOS CAPUCHINOS DEL JAPÓN
Valeria López Muñoz
La mayoría del tiempo escribo, leo o pinto.
Cuando no estoy escribiendo o leyendo, estoy pintando, o puede que haga una mermelada de quinotos, que también se conocen como naranjitas del Japón.
Cuando estoy sola en mi departamento no estoy realmente sola desde que vivo con dos Manones, aves que también se conocen como Isabelitas o Capuchinos del Japón.
Casi sin querer Japón se está infiltrando en mi vida a través de cosas pequeñas que me dan felicidad.
Cuando estoy sin nada que hacer miro el departamento.
A veces hago listas de cosas que hay que arreglar del departamento, cosas que se empiezan a romper por el uso como el tapizado de las sillas.
Me propuse retapizar una silla, investigué y creo que es algo que puedo hacer yo misma, confiando en ciertas destrezas que me concedieron las artes manuales: recortar, clavar, estirar, armar y desarmar cosas.
Es casi lo mismo que armar un bastidor con una tela para pintar un cuadro.
Si se me complica mucho voy a buscar un video tutorial de YouTube, como hice cuando no funcionaba la estufa, cuando quise hacer la mermelada o aprender sobre pintura abstracta.
Hace tres meses que vivo con dos Capuchinos del Japón y hoy tuvieron la primera consulta con la veterinaria. Antes que nosotrxs le tocó pasar a un perrito blanco que tenía los ojos celestes y el pelo muy lacio como una muñequita. Mientras esperábamos, yo me puse a mirar todo lo que había en el lugar que tenga que ver con aves: carteles con infografías, comida diminuta, juguetes diminutos, jaulas de todos colores y tamaños. Me di cuenta que en las tiendas de animales no hay muchas cosas para comprarles a las aves, como sí las hay de todo tipo para perrxs y gatxs.
Cuando entramos al consultorio la veterinaria me preguntó algunas cosas sobre el comportamiento de los pájaros y me explicó otras en detalle con una manera de decir muy directa. Me habló sobre la importancia de que la jaula esté bien animada, es decir, que tenga juegos divertidos, elementos para hacer gimnasia y adornos llamativos.
Dijo que cuando se hace de noche tengo que bajar las luces del departamento o cubrir la jaula con una tela porque sino los pajaritos piensan que sigue siendo de día y su ciclo vital se confunde.
Esto nunca se me hubiera ocurrido: poner un espejo en la jaula para que los pajaritos se miren y se peleen con ellos mismos. El espejo ayuda al autoconocimiento y a gastar energía acumulada, dijo la veterinaria.
Pueden comer las mismas cosas que como yo más alpiste, excepto harinas y café. Así que les puedo dar mandarinas, bananas secas, maní, semillitas, cereales, hojas verdes, manzanas, pasas de uva, huevos.
Pensar en su alimentación me hace pensar más en la mía y ser más organizada con los horarios de las comidas.
Voy a saber si son macho o hembra recién en septiembre, que es la época en la que ponen sus huevos. Pero también puede ser que nunca lo sepa porque quizás no ponen ningún huevo. Y si ponen huevo, ambxs cuidarán de igual manera al pichón. También puede ser que sean dos machos o dos hembras. O que yo piense que son machos y de repente son hembras. Las posibilidades son muchas.
Yo les puse de nombres Ramito y Bruselas, sin pensar si son macho o hembra. Me dejé llevar por cómo son, algo de la personalidad, Bruselas que es más tranquilo y suave como un repollito de bruselas y Ramito más movedizo, terco y chiquito. Bruselas también por la ciudad de Chantal Akerman, una cineasta que me gusta mucho.

La veterinaria metió su mano en la jaula, atrapó primero a uno y después al otro para examinarlos, con delicadeza y firmeza. Me dio un poco de celos que lo haga tan fácilmente porque es algo que yo todavía no sé hacer, que no me sale. Ella me dijo: “Tranquila, te da miedo agarrarlos porque son muy chiquitos y escurridizos y pensás que los vas a romper”. Sabía exactamente todo lo que yo sentía en silencio, como una astróloga o dios.
Quise hablar con ella sobre las palomas.
Ahora que convivo con aves presto más atención a las palomas y a cómo la gente las trata. Las palomas son nuestras principales conciudadanas del mundo animal. En realidad la expresión correcta es liminal, es decir, que son animales que viven en entornos urbanos, dependen de éstos para sobrevivir pero no del cuidado directo de humanxs, sino solo de lo que producimos. Están entre lo natural y lo domesticado, no llegan a ser mascotas pero tampoco son animales totalmente silvestres. Todas estas cosas las leí en Ética animal, la página del curso que lleva ese nombre en la carrera de Derecho de la UBA.
En la ciudad noto como las palomas son despreciadas por lxs humanxs.
Sin ir más lejos, ayer un vecino gritó en su patio: ¡¡¡fuera palomas!!! y me pareció una expresión de pésima política.
Le dije a la veterinaria: las personas no quieren a las palomas. Y ella me dijo: las personas ya no aman nada.
Me acuerdo que la primera imagen que me impactó de niña relacionada con palomas fue una escena de Mi pobre angelito 2, cuando una mujer un poco solitaria saca una bolsa de maíz y todas las palomas comienzan a rodearla con locura, eran cientos de palomas revoloteando en Central Park, un día frío y nevado en la navidad noventosa de Nueva York. Yo tendría unos cinco años cuando la vi. La mujer de las palomas me provocaba escalofríos y ternura a la vez.

Este año adopté a Bruselas y Ramito a través de la ONG Pájaros Caídos. Empecé a interesarme en las aves desde que vi una película sobre un centro de atención de aves silvestres en Suiza, y también por esto que decía antes acerca de las palomas en la ciudad. Desde que vivo en Buenos Aires estoy más atenta a las palomas, específicamente desde que vi muchas palomas co-habitando el barrio de Once, donde yo también vivía. Entonces eso se juntó con esta película que vi y a través de facebook llegué a Pájaros Caídos. Así fue exactamente.
Empecé a hablar con la gente del refugio para anotarme como voluntaria y un día publicaron que habían rescatado a doscientas aves de un criadero clandestino y que necesitaban personas que puedan adoptarlas. Lo consulté con amigues a ver qué pensaban al respecto y decidí adoptar dos Manones, sin saber casi nada de aves, pero los del refugio desde el principio me brindaron muchísima ayuda.
Fui a buscarlos en colectivo al barrio de La Boca. Habían llevado a las doscientas aves a la Asociación El Trapito de La Boca. Y ahí estaban todas en sus jaulas, en parejas y triejas, esperando a ser buscadas. Justo El Trapito se llamaba el lugar, que también es el nombre del mítico espantapájaros creado por el dibujante Manuel García Ferré en el año 1975.
Entré a El Trapito y un chico del refugio me eligió una dupla de Manones. Casi que no hablamos. Aunque yo le quería preguntar de todo, pero me di cuenta que ya estaba bastante ocupado. Yo no había llevado nada para tapar la jaula, que es algo que hay que hacer si los pájaros salen al exterior, porque afuera, con todo, se pueden morir del susto. El chico del refugio fue a un cuarto a buscar una tela, tapamos la jaula y volví a mi casa con los pajaritos en el colectivo, siendo admirada por todxs lxs niñxs que nos cruzamos.
Me llevé una sorpresa cuando en mi casa saqué la tela y vi que del otro lado tenía pintada la frase: FUERA BUSH en letras blancas mayúsculas sobre fondo negro. El conjunto pajaritos-bandera política me hizo reír. Esta vez estuve de acuerdo con la consigna.

Observando todo este tiempo a los pajaritos me di cuenta que son muy inquietos, alegres, escurridizos y cantores. Su trino suave cambió mi paisaje. No sé si alguna vez me voy a acostumbrar a verlos así enjaulados en lugar de imaginarlos en selvas espesas y tupidas, en las adyacencias de esteros y pantanos, o liberados en la ciudad.
Hubo dos ocasiones en que sentí tristeza por ese límite físico marcado entre ellos y yo, entre ellos y el resto del mundo, impuesto por la jaula. Pero también la tristeza venía por otras cosas que me estaban pasando a mí y a todes: en el encierro pandémico. A veces hablo de esto con amigxs y ellxs me dicen cosas que dice Lévi Strauss sobre la libertad, como que en toda comunidad hay algún mito o ley o algo así que es el límite que permite que algo funcione. Siguiendo esta teoría, los pajaritos tienen que vivir en su jaula porque su vida funciona así. A veces logro entender o sentir que ellos aman su jaula, cuando los veo jugar con hilitos y maderas, disfrutar de bañarse en una mini pileta en los días soleados, o simplemente dormir. Me gusta mucho que los pájaros duermen paradxs.
Otro día leí un poema de José Watanabe llamado Acerca de la libertad. Ahí Watanabe habla de un pájaro enjaulado que está tentado a liberar, pero piensa que si lo hiciera, su familia -que es muy lógica- le diría: a ver vos qué harías allá afuera solo. Cosa que hace pensar que afuera, solo, el poeta no se las podría arreglar. Tal vez sí podría, pero en el poema no ahonda en esta opción. Por otro lado, hoy me di cuenta que escribir un poema es como hablar sola en la calle.
También en el poema Watanabe cuenta que Hokusai y Leonardo, ambos pintores, compraban pájaros para liberarlos. A veces a mí también me dan ganas de liberar a mis pájaros.
En Wikipedia leo que Hokusai fue un pintor y grabador japonés, adscrito a la escuela Ukiyo-e del periodo Edo. Es uno de los principales artistas de esta escuela conocida como pinturas del mundo flotante, un género de grabados realizados en xilografía, producidos en Japón entre los siglos XVII y XX. Es interesante cómo la expresión Ukiyo-e quiere decir tanto pinturas como grabados. Acá hay que elegir una cosa o la otra.
Investigo a ver si Hokusai hizo alguna pintura/grabado de pájaros pero solo encuentro de paisajes, escenas cotidianas urbanas y las estampas eróticas Shunga. En una de estas Shunga hay una mujer teniendo sexo con un pulpo rosado gigante. El pulpo toca cada parte de su cuerpo. Es muy bello e impresionante. Pienso cómo es que las aves me condujeron a la pornografía con pulpos.
Ya es de noche y tengo que tapar la jaula de Bruselas y Ramito por lo que dije anteriormente sobre la posible confusión entre el día y la noche. Los tapo con una manta de polar que me dio mi mamá cuando la fui a visitar en el verano. Yo volvía a Buenos Aires en tren y hacía frío, pero tenía esta manta de abrigo que antes la usaba ella para tapar su teclado de música y que no se llene de polvo. Ahora podría decirse que esa manta de polar es un abrigo-reloj o un eclipse-polar que oscurece.

Todas las pinturas que acompañan este texto son de Bart Network 🙂
