EL COSO DEL ARTE
Mariel Matoz
Mi amigo Octavio (o Iván, según qué año) siempre repetía en los primeros años de la facultad que éramos la vanguardia. Que él y yo, y algunxs amigxs más, por el simple hecho de denostar los valores de esa época, lo “copado” o lo “nuevo” de la técnica, el efectismo, la imagen estereotipada, la virtuosidad, el conceptualismo berreta, el acabado, el hippismo y el hippismo chic; que por querer corrernos de todo eso éramos la vanguardia. Por no gustarnos nada, por mantener el hieratismo ante la felicidad y el falso entusiasmo del mundo feliz del arte que veían nuestrxs compañerxs. Lo repetía como repetía otras frases sin sentido o con un sentido escapista, como una vez que me dijo que era vegetariano y que iba a comenzar a comer fetos. Mientras, él hacía un paseo pictórico por las propias vanguardias modernas y yo simplemente escribía en una hoja no sé qué hacer, creo que estoy deprimida.
Así pasaron varios años en los que poco avanzamos en la carrera, donde él escribió un libro de poemas y se fue a estudiar cine, y yo seguí sin poder hacer nada pero prestando atención a ese nadismo. Ser malaonda, desaprensiva, casi hater no me hizo hacer “arte” pero si me hizo estar en una posición de deriva, ir pivoteando entre nociones que venían a decir algo de verdad, pero siempre sospechando que había algo más, sin quedarme con ninguna “posta”. Sí empecé a entender algunos discursos que había que habitar temporariamente para sobrevivir: como la sobrexplicación o el mutismo siendo alumna, o la alegría pedagógica frente al público general. Toparme con las formas industriales de la gran ciudad no ayudó mucho tampoco y solo con tiempo y espera esa falta total de deseo o de gusto fue poblándose lentamente de provisorias imágenes que sí, y que poco a poco podían ser rodeadas de algunas palabras. Tal fue así que todavía a menudo me toma la sensación de no saber nada, del desoriente, de sentirme en un cero otra vez y para siempre. Pero creo que en ese despeje de horizonte es donde está el coso del arte, medio en un sentido lacaneano pero menos oscurito que la cosa, más como si fuera un repuesto o una manija perdida por el que un señoro va a preguntar a una ferretería.
Hoy, más viajada e igual de dudosa, pienso que el coso además de ser una pregunta tan escurridiza como una palabra que salta entre idiomas, puede estar también en algo que sucede entre los cuerpos, pero definitivamente no es una perfo, no hay necesidad de llamar a ese ministerio. Quizás está como congeladx o parcialmente descubiertx en el momento donde la preparación al arte o a la obra titubea, donde lx artista sabe que está dando un paso en falso. Algo que la industria, la academia, el mercado y todos los grandes sistemas desdeñan, pero que lxs amigxs ven todos los días, plasmado en una conversación borracha, un chat o un bocetito. Por supuesto ese arte necesita siempre testigxs, aunque a veces en ciertas soledades lx testigx puede ser lx artista mismx. Podría también arriesgarme y decir que ese coso del arte no prolifera en soledad, a menos que el yo no sea solitario, sino que sea ya un yo múltiple. Ahí ese coso es tan frondoso que lxs testigxs devienen cronistas, profesores, escritores: distribuyen registros acelerados y desbordantes de la anti frugalidad del momento de ebullición. Registros que no explican, que no dialogan, registros que se “mueven con”, que transpiran, que producen calor: como un grupo de cuerpos demasiado juntos.
Entre ministerio y verdad (o misterio?) me acordé de un texto de Groys al que me quedaron ganas de retrucarle cuando dice que el arte de hoy es “el lugar donde puede quedar de manifiesto la verdad de la existencia humana individual”, yo diría más bien que no, que el arte es hoy el lugar donde puede quedar de manifiesto la verdad de la existencia humana colectiva y no “de los colectivos” como dice él. Lo que se menciona en su texto como “responsabilidad personal en el hacer del arte frente al mundo” ahora podría haber cambiado con el régimen de construcción de identidades y perfiles que nos proponen las redes sociales. Podría decirse que esa existencia individual o ese ser individual ya está puesto más que en duda. Somos más bien trocitos de gente cerca y lejos (y de sus-nuestros deseos, entusiasmos y miedos), gente que a su vez es trocitos de gente cerca y también lejos, como diagramas de Venn que terminan en mandalas para colorear. El coso del arte en este panorama es entonces algo que se contagia y se multiplica en esa existencia colectiva, que a veces parte de una imagen pronta a formarse, codificarse, transformarse en objeto, o de una palabra-imagen o de gestos; todas “cosas” que en la simplificación o en la implementación del lenguaje podrían llamarse imágenes. Imágenes que producen un coso flotante que los grupos de gentes atesoran durante un determinado tiempo y con el cual esas gentes se sienten eximidas de la mundanidad tanto de lo sagrado como del capital, una eximición cercana al festejo a punto de acabar, cercana al secreto vibrando entre unas miradas, cercana al después de un chiste. Podrían ser imágenes ingobernables como dice Gumier Maier en un texto sobre el porvenir del arte, pero en el estado de la cuestión en el que estamos, yo diría que son imágenes que se arman su ranchito para respirar un poco ante el acoso del gobierno, público y privado, es decir una resistencia no tan contestataria sino más bien precaria y necesaria, y hasta un poco desesperada. Quizás Gumier Maier pensaba su salvajismo como yo pienso el coso, como algo que estaría bueno resguardar, o como algo que resguardamos para un momento indicado, como ciertos hábitos personales –salvajes y hasta asquerosos, cuya comunicación puede ser vergonzosa- que nos alivian cuando son compartidos porque son una bocanada de intimidad y afinidad que crea un mundo, donde es posible habitar y no estamos expulsadxs de antemano. El salvajismo o el coso entonces vendría a estar inserto dentro del propio discurso, en su vacilación, en su punto de fuga, en el nudo apretado que produce un silencio antes de una palabra, que deja los músculos de la cara inmóviles ante la mirada testigo; un salvajismo interior que solo pueden presenciar quienes guardan dentro de sí un lugar para un poco más de misterio, para dejarse afectar por ese misterio; quienes no hurgan lo suficiente o quienes le habilitan tiempo a lo que no saben qué puede ser. El coso es entonces performativo, hace hacer –imágenes-; de esas que rehúyen la(s) captura(s) que a veces también se transforman en obras de arte.
Obra portada: dibujo de Iván Chávez.
