ODIO AMARILLO
Ailin Kertesz
El amarillo es el color de la enfermedad, más si tiende al verde. Es grotesco cuando deviene opaco: el primer vómito de un bebé, una piedra de uranio, una infección, la parte blanca del ojo cuando uno no puede descansar, lo rubio. Me acuerdo que hace ya dos años, después de ver a uno de mis artistas favoritos pasar música, me encontré jugando con personas hasta ese momento desconocidas. La consigna era escribir algo random, con la mano que no usamos. Yo escribí: “me gusta lo rubio más de lo que quisiera”. La persona que estaba conmigo me preguntó que qué rubio. Todavía no sé de qué hablaba pero de una persona seguro no. O capaz me hago la distraída. Me acuerdo que sentada frente a mí había una rubia rara y fui honesta de una manera abstracta, convirtiendo algo muy específico en una idea que puede ser otra cosa.
Elementos dispersos en un entorno espeso. Verdes, negros, en apariencia geométricos pero en esencia desparejos. Figuras complejas y otras más sencillas. Esquinas difusas por la sombra o el brillo del color amarillo que retumba en ese espacio lleno de aceite, de gelatina. Lento como algo que no va a ninguna parte. Cosas que vibran un poco cuando eso que contiene tiembla o cuando el aceite, percudido por la temperatura, cede. La imagen es desagradable, como una sala de espera en un hospital, llena de elementos tristes y anónimos.
Para mi “La Rebelión de los opuestos” de Roberto Matta es una pintura de puntos. Más lejos, más cerca. Un mapa inconexo que fuerza una relación por emparejamiento. Nada tienen que ver pero conviven en su indiferencia bajo un amniotismo espiralado. El aceite está siendo succionado generando pequeños enrosques voluptuosos que desplazan las figuras de un espacio a otro dentro de la misma pintura. Como si hubiese algo más atrás de la última mancha definida. Cómo no va a ser una imagen triste. Su fondo es una cosa plana que aparenta relieve debido al líquido entre lo último y lo que estamos viendo. Se desborda para atrás. Parece surrealista, metafísico, astronómico. Pero es beige y plano, como la luz del mediodía en cualquier momento del año que se vuelve insoportable en verano. A partir de las doce la luz quema, la presión baja llevando al cuerpo a un cansancio injustificado. No paso nada para sentirme así, pienso. El clima es algo invisible que induce una forma de sentir, de pensar. Es una mano que determina el camino de las cosas. Parece abstracto, pero es muy concreto.

La pintura del pintor chileno Roberto Matta titulada “La rebelión de los opuestos” (1955)
Consigo ver poco por la ventana del cuarto del sanatorio porque la cortina no llega hasta arriba. Podría sostenerla con un ganchito pero no tengo nada así que la dejo en paz en su condición de rota. La verdad es que el cielo que se ve por encima de la medianera es lo único lindo a mano. Se que es celeste porque lo conozco, pero a través de la tela traslúcida de la cortina solo veo un amarillo gastado, viejo. Entonces se que la cortina es blanca y el cielo celeste, pero ahora veo todo amarillo. Hay un color que es el hecho que se impone y otro que es el que se sospecha.
Me pregunto cómo se esteriliza un balde de desinfectante. Con la brocha cargada le pintan la pierna con Pervinox para trabajar sobre la rodilla. La herida se amplifica por culpa del amarillo. Ahora la piel funciona como una capa de pintura translúcida que deja ver coagulaciones internas. De nuevo verde y negro sobre un fondo amarillo. Qué color unificante, suspiro.
Lo abstracto se piensa a sí mismo en abstracto. Es una ilusión de sentido. Diluyendo una intención para convertirla en un conjunto de ideas, en el mejor de los casos metafóricas, que hablan de eso que se quiso evadir. Lo abstracto habla de sí mismo o no habla de nada. Cada vez me parece más insoportable. Es como pensar por gusto a estar pensando y hablar por gusto a decir cosas. Agradezco mucho las flechas de la pintura que contraen hacia dentro eso que las rodea. Algo indican. Porque esa es la función de una flecha. Es el único elemento de la obra que altera el sentido con su presencia. A su vez el único elemento relevante, porque así funcionan los símbolos universales. Aspiran todo lo que las rodea y lo regurgitan de una manera lógica.

Matta sugiere que estamos viendo algo, pero si miramos con detalle no podemos afirmar qué. Sugiere escenarios posibles, interpretables. Pero no los determina.
Sabemos de qué estamos hablando pero no podemos decirlo con seguridad. Propone una actitud del pensamiento frente a lo que vemos, cuestionando la relación que generamos con las cosas. Esa flecha indica que hay algo que se está pensando pero no se resuelve en la figuración o en su falta, sino en el medio. Como el amarillo que me gusta cuando lo pienso sin su condición de amarillento.
