PARAÍSO COMO PALABRA NUEVA

Florencia Rocha – Juan Laxagueborde

Sobre Avenida paraíso, de Catalina Guebel. Ediciones Danke, 2025.

Florencia: Hay una pregunta que me quedó medio rondando, después de leer el libro varias veces, sobre si se puede decir todo de una vez, si se puede encontrar un hilo para hablar de todo. Creo que Catalina conversa mucho con y por medio de los objetos para tratar de responder a esa pregunta.

Juan: Se busca ese “mundo apenas antes”, una expresión con la que termina uno de los poemas, una especie de comienzo previo a las cosas. ¿Cuando decimos comienzo lo estamos diciendo todo? Al menos estamos siendo parte de una cadena que acepta que es comienzo como quien acepta un papel en una película y entonces dice o hace lo suyo primordial, para después sentarse a esperar que las cosas, los acontecimientos y las pérdidas se sucedan.

F: ¿Y desde dónde se mira ese comienzo? Porque la observación es una gran parte de la manera en que describe y adjetiva las cosas que la rodean. Le da mucho detalle, dice, a las pequeñas cosas, para después hablar de las pequeñas verdades. Entonces, sigo pensando que en el texto todos los objetos trafican no sabemos qué: el café, el short de jean…

J: Es como una vecina en un trance modesto, invisible, terrenal. En ese sentido el libro me parece bastante animista. Apuesta al ánimo de las cosas. Una sacramentalidad de este siglo, no estrictamente porteña. Más bien ubicua. Todos los lugares son el lugar. De ahí, capaz, el título del libro. El escenario sería, entonces, la silla de una persona que mira pasar los objetos, las palabras y las personas en una avenida a la que llama Paraíso. El paraíso se parece a un lugar conocido, pero no es un lugar conocido. Esa operación lo vuelve importante en términos de riesgo artístico, de paso creativo, una puesta en escena de la imaginación laica.

F : Algo de la fe en las cosas, pero no desde la mirada capitalista, sino más bien mundana. Me hizo pensar que el paraíso está más acá que allá, y que para correrse de la gran verdad hay que estar más atento a los objetos, a la calle, a las palabras y las charlas con otros. Creo que cuando dice “la gran verdad” habla de una forma particular de escribir con la que todo el tiempo discute.

J: Pensado como novedad en la poesía por lo menos porteña, el libro tiene una tranquilidad de veterana. Parece escrito por alguien que sufrió de una neurosis de la que aprendió y a la que invita para escribir mejor, para acordarse de los beneficios de una neurosis no racional, una que no sea de la conciencia sino de las intuciones. Por eso puede decir en algún momento “esquivo el pensamiento” (¿esquivar es evadir? bienvenido entonces) y al rato decir “estar atenta es increíble”, con la ambivalencia del término increíble. Agradece y aprovecha la atención, como un lujo, como una carta que no se tiene siempre. Todo el libro está escrito bajo ese mandato de una religión que vaya a saber uno de qué está hecha, que le enseña a no constatar nada del mundo, puesto que los fenómenos, lo que hay, cambia todo el tiempo. No vale la pena el sacrificio de la verdad pero si el de la búsqueda de algún rasgo en la realidad que me conecte con las resonancias de la realidad en mí. Y como la realidad son relaciones sociales, el libro en ningún momento es egoísta, es más bien penitente y generoso. Ahora que gracias a Rosalía volvió Simone Weil, pensaba que es un libro sobre el éxtasis de la renuncia a una manera de entender y sobre lo que viene después de la renuncia. Como si ahí se palpitara un renacimiento, una purga a medias que alcanza, por lo menos, para escribir así.

F: Lo que viene después de esa renuncia ¿es la poesía? Lo que queda al final, (que como todo final me parece una especie de comienzo) es la poesía, por eso también ella dice que la llama, que busca hacerla aparecer, convoca a la poesía y la encuentra en la realidad más cercana.

Obra de portada: “Calle de La Boca”, Víctor Cúnsolo, 1930.


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