DIVERSIÓN O CEREMONIA
Bettina Pavetti
La falta de imaginación es un germen de época. Más allá de la angustia de no poder imaginar un futuro, o que si lo imaginamos caemos tan cómodamente en el infierno, ya no tenemos instancias en la que podamos ejercitar la imaginación. Soy parte de la última generación en que el ocio, el aburrimiento, la hora de la siesta, el tener que estar solo de chiquito por que no quedaba de otra, nos obligue a imaginar mundos posibles para entretenernos. ¡Qué factor tan inmenso la imaginación! , la verdadera separación entre nosotros y las máquinas. Y lo estamos perdiendo, hasta las personas que imaginamos de chicas estamos perdiendo nitidez en las imágenes que creamos con la mente. Porque la imaginación es algo que requiere un ejercicio constante.
La superstición es una buena manera de entrenar la imaginación: es el entendimiento de las cosas a partir de historias irracionales. La superstición tiende a la paranoia pero en su justa medida es un entrenador de la imaginación si la hacemos propia. Por ejemplo, tengo en mi repertorio de supersticiones un montón que sólo son de buen augurio: cuando se me cruza una rata, cuando veo el teléfono y son las 12:34 o me cae una gota de aire acondicionado en la cabeza. Se alimenta de un sistema de reglas propio.
Pero por suerte existen formas más sanas de entrenar la imaginación. Me pasó cuando vi al maestro Pompeyo Audivert hacer Habitación MacBeth, una obra unipersonal casi sin elementos. Lo pienso y recuerdo como 5 actores, los caminos, el caballo, el castillo, todo formado por el espacio que fue concedido para mi imaginación. También pienso en la obra de Mariano Ullúa: los alambres que dibujan en el espacio, un mundo enorme construido sólo para el que puede atar los cabos y decir “¡veo la canilla abierta! ¡estamos rodeados de patitos de hule!”
Traigo una anécdota que me contó mi amigo Juan Laxagueborde sobre unos bailes que se hacían antes en las estaciones de trenes de los pueblos. Sonaba una radio con muy poca señal y dos personas tenían el trabajo de sentarse al lado y escuchar con cuidado, para anunciar qué tango estaba sonando. Una vez dicho, por ejemplo, “¡suena palomita blanca!” la gente se levantaba y empezaba a bailar, desde su imaginación, más o menos como lo recordaban.
Después tenemos la muestra de Juan Tarraf, inaugurada hace muy poco en Casa Proyecto y curada por Juan Cruz Pedroni. Es una muestra para ir con los ojos y el corazón abierto, porque es evidente que el artista está ensimismado. Imaginen el estado de este pintor, que lo llevó a juntar coraje y cortar todas sus obras, juntando pinturas nuevas, viejas, uniendo retazos, como un viajero en el tiempo, como una experiencia cuántica. Eso puede pasar con la pintura. Puede ser un agujero negro que atrae a los más ávidos y curiosos pintores.
Estas pinturas se acercan al arte de leer el humo, a la adivinación. Por ejemplo, en una veo un vidrio empañado de un ómnibus de larga distancia haciendo un viaje en la noche. Hay otra en la que veo una habitación con la persiana baja y una persona que le da la espalda a la luz. En otra veo vendas usadas, una de ellas rasgada por 4 garras. En otra un boliche con las luces apagadas.
Hay un lenguaje secreto que atraviesa todas las obras, un trasfondo espiritual, un entendimiento superior del mundo, lo que puede llevarlas a ser demasiado serias. Pero miralo a Giambiagi: dice en su diario personal, parafraseando, que no hay mejor razón para la existencia del arte que su capacidad de distracción y diversión. Algo que me llamó la atención viniendo de él, puesto que su perfil daba para una definición mucho más solemne del arte. Esperaba que dijera “el arte existe para enaltecer el alma de la clase trabajadora”. Qué alivio, hasta para los artistas más serios el arte existe para hacernos felices. Y en estas obras de Tarraf, aunque parecen atravesadas por un portal oscuro de entendimiento, tienen en su proceso más diversión que ceremonia o seriedad.
Por muchos secretos que tengan estas obras el goce está justamente en que nada está cerrado.
El ojo convertido en lo mirado es dos veces la luz, de Juan Tarraf, se puede visitar en Casa Proyecto (Florida 910 1B) de jueves a domingos de 17 a 20 hs.
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