El arte de nombre de plata

Juan Laxagueborde


Ya de por sí mucha gente dice «cash» refiriéndose al dinero en efectivo. Cash quiere decir dinero pero quiere decir, en realidad, bajo el castellano rioplatense, plata.  Incluso Argentina quiere decir, literalmente, lugar de la plata. Curiosamente su nombre se repite denotando localidades y espacios geográficos en varios lugares del mundo como por ejemplo la ciudad de Estrasburgo, en Francia, que quiere decir, también, tierra de la plata. Así, este lugar es uno más de cientos con nombre de plata, pero el único que se convirtió con el tiempo y las pujas independentistas de la modernidad en República. Sin embargo, antes del país estaba el río. Argentina debe su nombre al río De la Plata, una especie de malentendido legendario entre portugueses y españoles hacia 1520, cuando corría el rumor de que el río llevaba a un lugar donde había riqueza, donde había minas de plata. Así de vago y así de preciso. Lo que resulta rarísimo es que «tierra de la plata», es decir Argentina, es la expresión que usó un poeta para referirse a la región que surcaban las aguas del río De La Plata. Al poeta le habían encomendado un canto/crónica sobre la zona, como La araucana, de Ercilla, en lo que luego fue Chile. Entonces el poeta clérigo, el artista Martín Del barco Centenera escribió La Argentina y conquista del río De la Plata, poema épico y piedra de toque para una discusión que continúa hasta hoy sobre qué significa un nombre, una fundación, un conflicto político de orden imperial, unos lapachos, un barro, un clima, unos querandíes, unos católicos. Por si no se entendió: la palabra Argentina fue dicha por primera vez por un artista y terminó quedando como nombre. Este primer párrafo es un homenaje prudente al gran Ángel Rosenblat y su libro El nombre de la Argentina, que no falla y siempre impulsa. Un párrafo se remata así: «Las primeras expediciones de la conquista trajeron poca plata y muchos pleitos». 

En el espacio Hermes está sucediendo por estos días la muestra Cash, del grupo Tótem Tabú y un montón de artistas. Los Tótem publicaron una solicitada donde llamaban a presentar obras cuya «temática» (la vieja idea de tema, de motivo) fuese el dinero. Llegaron cientos de obras diferentes y semejantes entre sí, que fueron dispuestas en zonas referenciales (no está curada como un todo caótico, sino con cierto orden relativo) donde priman subtemas que ahora se me entremezclan porque lo que me queda es otra cosa. Bajo ese método de llamamiento democrático Cash puede que sea un balance del arte argentino, pero no cualquier balance. Sino uno que se realiza sin que quienes impulsan la muestra puedan gerenciar su riesgo. El rompimiento a propósito de la figura del gerente (del comisario curatorial esperabilísimo en lugares habituales, para no decir grises) inventa la figura del espectador que sin querer está haciendo un balance, sintetizando en su sien cierto estado del arte argentino. 

Unas palomas de Bett Pavetti, con su arco narrativo del alimento y la ciudad, le dejan paso en la otra sala a un collage de Lola Orge donde aparecen billetes viejos al lado de un monedón y las palabras madre y patria dichas no necesariamente juntas. En la siguiente sala, la tercera y más grande, está la obra que más me llamó la atención del conjunto. Se trata de una pintura sobre madera de Florencia Valente: debe medir 40 x 20 cm y presenta, bajo unos verdes, corales y celestes, el pasaje de un billete de quinientos pesos al reino natural o viceversa. Animales, flora, destrucción, metamorfósis, contraarmonía y movimiento se superponen chirriando una silbatina litoraleña sin fin, circular. La presencia de los billetes en la muestra se repite, pero en esta obra lo que se repite es una desorientación entre lo orgánico y lo histórico de un territorio. De la orilla al billete de curso legal, del juncal al banco, de un gorrión a Marcos Peña. Sin embargo, el Estado argentino en los billetes no es lo mismo que la Argentina, que el nombre de la Argentina. Con esto quiere decir que, pese al momento de verdad en el que desemboca la muestra, que se abre y se esconde en la obra de Valente, me queda una sensación de balance sin centro reveladora. Es una sensación precisa y nueva. La muestra me entrega el síntoma de que hay algo que está dicho sin decir. Que los nombres no se tienen que repetir como misas, sino que están en el lugar que ocupamos, impalpables, disimulados. Cuando ese nombre es el del propio país, lejos de emocionarnos con un nacionalismo cansador sin espíritu, puede que aparezca la epifanía de que algo siempre se cifra en el nombre que tenemos. ¿Ese tenemos es el arte argentino entendido como un ciclo imperfecto de abulia, corazón, pavada, genialidad, especulación, ansiedad y meseta? ¿O es el país? ¿Qué seríamos cuando decimos que somos Argentina, cuando nos llamamos así? ¿Es el arte argentino en su conjunto expresando sin programa y con desprecio por el programa su relación tácita con la plata, con el río de la plata, con Argentina, con la nación en la que es y no es? Finalmente se desplaza como un canto rodado la pregunta por la universalidad mineral del nombre, la indeterminación que implica ser/estar en el lugar donde quién te dice habría plata. Una especie de destino al que habría que ir porque más vale apostar, porque más vale probar. 

«Recuerdo de un billete», Florencia Valente.

La intriga sobre la situación de un esquema forzado al que llamamos arte argentino, sumado a que particularmente decimos arte argentino desde la ciudad de Buenos Aires, o como se decía antes la Capital Federal, podría agregar un ariete a este sedimento de sombra que me cubrió por un rato. Sombra quiere decir no sé y no sé quiere decir seguir. Que Argentina como nombre, como nombre de plata, no haya sido el tema de ninguna obra no solo hace que nos preguntemos por el tema -el «contenido» y a la vuelta de la esquina la expresión habitual «consumo cultural»-, sino que fortalece algún tipo de entusiasmo sobre la búsqueda de una cosa en otra cosa, la no linealidad industrial del arte, la histeria estimulante entre las cosas y las ideas de las cosas. El nombre sería una frase suelta para que los artistas no tengan que encargarse de todo y puedan encargarse de lo que no se sabe. Una casualidad o una excusa para el arte, que es lo mismo que decir para la entrega imperfecta de un pretexto de sentido en la preparación de un capítulo nuevo de esta leyenda de plata. 

Obra de portada: «Amuleto de la prosperidad», Guillermina Gómez.


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