UN PALIATIVO PARA EL DOLOR NACIONAL

Nicolás Moguilevsky

Una vez terminado el encuentro que completaría la segunda llave por las semifinales de la Copa Mundial de la FIFA 2026™️, los canales de noticias comenzaron inmediatamente a mostrar, en pantalla dividida, impresionantes aglomeraciones que colmaban el Obelisco, Mar del Plata, Bariloche, Rosario, Tucumán, Córdoba, Tandil, Mendoza y Bangladesh. Consideré que podía resultar de interés la opinión del Duende Juanchi sobre el presente fenómeno social, por lo que apagué el televisor. Una vez en la calle, observando las felices multitudes, me hice llegar hasta su hogar.


Desde la penumbra de su refugio, rodeado por esa densa bruma de cinismo lúcido y desencanto crónico que siempre ha custodiado su intelecto, Juanchi observa el vaivén de una patria habituada a hamacarse entre la euforia y el abismo. No hay asombro en su mirada, sino la certeza serena de quien comprende la psicología de una masa que prefiere el letargo sagrado de la victoria a la vigilia trágica del día siguiente. Con un gesto pausado, casi litúrgico, levanta su copa de Etiqueta Azul para brindar por la enésima representación de, como él mismo lo denomina, “nuestra histeria coral”.


Según el Duende, “el argentino, devoto de los mitos y necesitado de absoluciones instantáneas, encuentra en el Mundial de Fútbol el analgésico definitivo para su calvario cotidiano. Es la anestesia perfecta, un narcótico de diseño inoculado directamente en el torrente sanguíneo de una sociedad exhausta de lidiar con sus propias ruinas. Por unas semanas, el rugido del estadio sepulta el murmullo incesante de la canasta básica y los aumentos, el desborde institucional y la erosión silenciosa de la dignidad común. La cancha –y sus jugosas transmisiones televisivas– se erige como la única catedral donde el desahuciado puede gritar con orgullo, transformando la alienación transitoria en un acto de suprema piedad patriótica. Es la suspensión pactada de la incredulidad. Sin embargo, detrás del espejismo del color y las lágrimas compartidas, la aritmética de la decadencia permanece inalterable. Gane o pierda la selección, la marcha del país hacia su propia devastación continuará con el paso firme de lo inevitable. Si la gloria esquiva los botines nacionales, el despertar será de una crudeza insoportable, arrojando a la muchedumbre de regreso a la fosa helada de su realidad material, desprovista incluso del consuelo de una alegría prestada. Si, por el contrario, el destino corona una vez más el esfuerzo deportivo, el triunfo no será más que un indulto efímero. Una victoria futbolística es la prórroga de la agonía, el bálsamo sutil que permitirá prolongar el sueño algunas semanas más antes de que el peso del derrumbe estructural vuelva a quebrar las espaldas de los celebrantes”.


El país vive un momento de absoluta ilusión. La expectativa es total. El Duende Juanchi lo sabe y lo constata con amarga lucidez: “Los pueblos que confunden la épica de un campeonato con la salvación histórica están condenados a celebrar sus cadenas en la plaza pública. Ninguna vuelta olímpica tiene el poder de restaurar el tejido social deshecho, ni de revertir la degradación moral y económica de una Nación que ha aprendido a metabolizar las crisis como parte de su idiosincrasia. La pelota rodará, las gargantas arderán en un coro de esperanzas sin chequera y la euforia colectiva operará como el paliativo definitivo para un dolor nacional crónico. Sea cual sea el resultado, al final del torneo, cuando las luces del estadio se apaguen y los ecos de los himnos se disuelvan en el aire, nos descubriremos exactamente en el mismo lugar: de pie sobre los escombros de un país herido, esperando el próximo milagro deportivo que nos permita, aunque sea por noventa minutos, postergar la mirada sobre nuestro propio naufragio”.


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