RECORTE ATORRANTE: 24hs EN BSAS

Ana Guebel

El flirteo con la abstracción de varios pintores jóvenes de la ciudad de repente se consumó en matrimonio. No es el caso de Juan Tarraf, abstracto, al menos, desde que vi una pintura suya en la primera muestra de Casa Proyecto hace cinco años, que nunca tuvo mucha figuración de la que desprenderse. Pero en El ojo convertido en lo mirado es dos veces la luz, con curaduría y texto de Juan Cruz Pedroni, sí hay un despojamiento: Tarraf pierde el todo, como una continuidad orgánica, para ganar el recorte. La composición de estas obras resulta de recortar pedazos de sus pinturas y la desfachatez de la pincelada hace que distinguir recorte de trazo no sea tan evidente. Pero para ser un pintor abstracto desde el vamos, en esta muestra hay bastante figuración, símbolos escasos que parecieran conformar un sistema de relaciones.  Su galerista Florencia Bruno ubica que hay algo del orden de la constelación: entre las espirales, líneas centrífugas, la figura de la kabalá de una obra que quedó en trastienda y el trabajo no sólo con el archivo de fotos familiares sino con la propia producción, hay un ida y vuelta con lo ya existente, como si reacomodando componentes y sugiriendo nexos posibles fuera a inspirarse una totalidad insospechada. Juan se permite además de ciertas nebulosas negras, algunos vacíos negativos: en una de las pinturas, un cuadrado queda en blanco para alojar en una de sus esquinas una foto familiar.  Esta lógica de la incrustación -de recortes de lienzo y de símbolos- sostiene las obras. 

Ya al irme de la galería, convengo con Florencia que este viraje actual hacia la abstracción es una estrategia para lidiar con el vacío y también que decir esto es un diagnóstico fácil. Las instituciones se mantienen gracias a un sistema significante que se sostiene en los símbolos que las fundan. Rodeado de instituciones en vías de extinción, Juan Tarraf rescata los símbolos. Si la abstracción en la pintura es el resultado de la falta de figuración política, las pinturas de Tarraf rodean este vacío, que es parálisis ideológica: el retorno a los orígenes familiares y espirituales aparece como recurso para hacer sentido. 

Llego al Almacén Lavalle para ver Argentina-Suiza, partido que nos deja en la semifinal haciendo gala, una vez más, de nuestra vocación para el sufrimiento, y confirmando, como las demás experiencias estéticas argentinas de estas 24 horas, que sin abismo no hay épica.

La tarde siguiente, bajo un velo-mosquitero que cae de su capelina, Cervio Martini acomoda al público en la oscuridad. Me ofrece una petaca de un alcohol frutal etiquetada “Elon Wask”. Mientras en la pantalla la cuenta regresiva llega a cero, doy algunos sorbos sentada en el piso de esta sala del Museo Moderno, donde en el marco de El borde de sí mismo, un ciclo que cruza teatro y artes visuales curado por Alejandro Tantanián, tiene lugar Pimp y Nela, una pieza teatral de unos 30 minutos con las actuaciones de Clara Esborraz y Flor Sánchez Elía. Martini recorre el espacio repartiendo flashazos de su linterna hasta ubicarse delante de un escenario de escasa infraestructura, coronado por las típicas sillas de plástico que nunca pudieron ser del todo blancas, expuestas al humo del asado y al smog. Señala el escenario y pregunta a un público que lo decepciona con sus respuestas: “¿Vieron esta tarimita de mierda? Es el último iceberg”. Para dar cuenta del absurdo al que nos lleva la búsqueda del confort hay que hacerlo desde aquello que supone y niega: la precariedad. Cervio Martini trabaja con cartón, papel maché y la noción de perdurabilidad es algo de lo que su obra se ríe. 

Sin sacarse su mochila de repartidor de pedidos, nos lee el diario con las noticias del fin del mundo, se retira de escena dando paso a Pimp y Nela, los recién casados que suben al último iceberg discutiendo las vicisitudes de su fiesta de casamiento. Es perfectamente adecuado que la obsesión de Martini con las máquinas de humo, presentes en buena parte de sus esculturas y en su muestra individual The sweet smell of decay, haya evolucionado en esto: un matrimonio no de humanos sino chimeneas. Los humanos somos los espectadores, a quienes en reiteradas ocasiones se llama proletariado, y Pimp, como palabras finales de la obra, denomina “esta sarta de sindicalistas”. El registro costumbrista y paródico de su diálogo banal de pareja da lugar a brotes de furia ideológica: Pimp, el novio, es el cipayismo engolosinado con la eficiencia y sofisticación primermundista, y Nela, la novia, nac&pop, algo entre zurda y peronista. El resultado de este yin yang deficiente que es el amor, es el espíritu argentino, trágico por default por no poder conciliar estas fuerzas en conflicto. “Realmente somos sujetos divididos”, dice Žižek en una entrevista que veo en estas 24 horas, una de las tantas en las que parafrasea a Freud y Lacan para Youtube, “el amor es una catástrofe y su acto fundamental, la traición”. Pero la catástrofe del amor se da en esta ocasión en la catástrofe ambiental definitiva, la última. La familia es la única institución que queda. Nela va diciendo a lo largo de la obra que ya no quedan idiomas, gobiernos o monedas y una vez que se suicida como acto final de traición a Pimp y a sí misma, ultrajando el equilibrio inestable de la argentinidad, resta sólo la excitación con la mercancía y el desprecio por el otro, que es el desprecio de sí: el aspecto de proletario explotado en el cual el argentino, en su identificación dislocada con una clase gobernante, es incapaz de reconocerse. La mercancía del confort responde más a la pretensión de indulgencia inmediata que a una exigencia de perdurabilidad, por eso los objetos de Cervio son sólo símbolos que connotan. No son la mochila del repartidor de pedidos ni la Stanley cup, son sus versiones precarias y por eso más reales. Confiesan su carácter ilusorio: el vaso Stanley no concede felicidad y la mochila de repartidor no es el primer paso hacia ser millonario. 

La picardía burlona que caracteriza la producción de Cervio Martini termina de asentarse en Pimp y Nela al ganar esta posibilidad de despliegue en el contraste del trabajo con los materiales con la enunciación. A diferencia de la pose displicente que se encuentra en cualquier fiesta, que aún en sus demostraciones efusivas es siempre hipocresía, la afectación insincera de los diálogos de Martini trae una honestidad en bruto. Este registro proclamativo, de una explicitud desvergonzada, da lugar a que se incrusten en la obra números musicales, a que la conversación entre Pimp y Nela admita que de pronto se pongan de pie y salten del iceberg para moverse por toda la sala dedicándose un lip sync, momentos que no podrían nunca preocuparse por volverse ampulosos. Cuando nuestra educación sensorial prohíbe ya una relación sincera con la experiencia, lo solemne deja de ser un problema para el arte y se convierte en una operación instrumentalizada: insinceridad hiperbólica (en tanto impostación sentimental) para acentuar el absurdo, para subrayar el extrañamiento. “Ella no quiere estar en la fábrica, quiere ser la fábrica”, dice Pimp refiriéndose a algún pobre humano proletario… Entre la astucia y bufonería, la despreocupación de una enunciación directísima conlleva una suerte de falta de pretensión en los materiales: ese ita de tarimita coronado con un de mierda con el que se define el iceberg. El vestuario y escenografía están confeccionados a partir de recortes e incrustaciones: el vestido de la novia, de tul harapiento, las chimeneas de cartón enclenque y, muy especialmente, la Stanley cup, también de cartón irregular y apariencia cutre, que trae en su mochila de repartidor de pedidos de cartulina encintado cuando la chimenea Pimp, origen causal de la catástrofe climática, necesita atender sus pretensiones de confort en el fin del mundo. 

Treinta y cinco minutos después de que Nela se tire del iceberg haciéndose una con el vacío y que Pimp le dedique la melodía del tema de Titanic en una flauta gigante de cartón, me sorprende otra incrustación de número musical: Pilar Otero canta Volver de Gardel y Le Pera. A dúo con Julián Camps y con la participación de Ayelén Baker –quien entra en escena con vestido de lentejuelas a cantar otro tango– presentan en Fundación Andreani AI: Acuerdos Ilegibles, una pieza sonora y performática a partir de Asuntos internos, el libro de poemas de Otero publicado por Fadel&Fadel. Con esta propuesta que cierra perfectamente en sí misma, funcionando más allá de los poemas pero sin dejar de hacerles justicia, Pilar Otero se confirma como la gran poeta argentina. Ya acentuando abiertamente un estilo arrabalero que siempre la caracterizó, hace una lectura homoerótica de los próceres nacionales: esto es un gesto bien argentino, hacer un recorte sin respeto por el referente, con la libertad productiva que concede nuestro espíritu atorrante, chanta en el mejor de los sentidos. La lectura acompañada por el teclado prodigioso a cargo de Camps y las intervenciones esporádicas de sintetizadores construyen un recorrido por la “tragedia, farsa sudamericana, historia homosexual”. Leen del libro, recitan de memoria y las líneas que Pilar acaba de decir se repiten ahora por la gentileza del sinte: “alambrados, alambrados, alambrados…”, recorte primigenio de la Pampa argentina, “cambio, cambio, cambio”, soundtrack de la calle Florida y obsesión generalizada con la moneda extranjera. Entre el alambrado y el cambio, una definición posible del ser nacional. 

Yo me permito este recorte caprichoso porque sé que las constelaciones de una época son involuntarias: responden solas a las exigencias de la historia. Sustituyo en una cita de Adorno término filosófico por obra de arte buena para definirla como “la cicatriz endurecida de un problema irresuelto”. Estas tres obras disímiles en medio y lenguaje rodean el vacío ideológico y dan cuenta de la necesidad de hacer sentido: ya sea constelando fragmentos y retornando a los orígenes genealógicos y espirituales; tematizando la preservación de la unidad del grupo familiar y la procuración del consumo paliativo, definiendo el ser argentino como este matrimonio de fuerzas irreconciliables; o bien haciendo una lectura de la Argentina mediante el procedimiento que caracteriza a toda nuestra literatura, que es el recorte atorrante, como digo yo, o el apropiarse libremente de la tradición universal por falta de tradición nacional, como dice Borges. Él siempre tan Pimp y Nela… 


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