EL DUENDE JUANCHI Y UNA PRIMERA MIRADA LÚCIDA DEL DÍA DESPUÉS
Nicolás Moguilevsky
Envuelto en una profunda tristeza por la derrota en la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026™ y recusando el antiguo rito de la Kabbalah –que de forma admirable había obrado durante nuestra reunión anterior– me acerqué hasta el tradicional café Selquet en las primeras horas de la mañana de aquel lunes frío y lluvioso. Oculto en la penumbra de su tradicional mesa, el Duende Juanchi observaba el horizonte impecablemente vestido. Un traje entallado celeste y blanco sobre chaleco cruzado en idéntica paleta; pantalones de tiro alto en blanco puro con distinguidas rayas celestes; un corbatín almidonado blanco con tonos celestes vivaces; zapatos tradicionales, con grandes hebillas de plata, blanco uno y celeste el otro; y un reloj de bolsillo de oro al que consultaba permanentemente. Desayunaba un vaso tras otro de vodka canadiense Crystal Head sazonado con hebras de alcaloide en estado puro, inmune al desánimo general pero agudamente perceptivo al pulso de la calle. Mi intención era simple: captar una primera mirada lúcida del día después, una radiografía sin concesiones de lo que verdaderamente se había jugado el país.
NM: Estamos en el día posterior a la polémica final de la Copa Mundial y toda clase de teorías se multiplican para explicar la derrota. Se habla de oscuras presiones geopolíticas ejercidas por la UEFA y la FIFA, de injerencias de las principales casas de apuestas deportivas para que el conjunto español consiguiera el título y de una inédita intervención del FBI en la intimidad del vestuario. Trasciende incluso que agentes norteamericanos habrían intentado detener en pleno estadio al presidente de la AFA, sembrando en los pasillos un clima de tensión e intimidación que conminó a los jugadores a ceder el encuentro. Informes clasificados mencionan inclusive que el plantel argentino habría mermado en su rendimiento debido a viles amenazas dirigidas a las propias familias de los futbolistas. A estos hechos se suma una fuerte controversia sobre la exhibición de una bandera que reivindicaba como argentino el territorio de las Islas Malvinas tras la victoria sobre Inglaterra, tras lo cual la FIFA habría advertido a la delegación argentina sobre las consecuencias de realizar alusiones políticas durante el torneo. Se afirmó que los dirigentes y el cuerpo técnico recibieron una advertencia directa: si el título no era entregado, la Federación tomaría medidas severas. El argumento complementa el relato sobre supuestas presiones externas y encadena los intereses deportivos con factores políticos y económicos. Desde su lectura puramente dogmática, ¿este despliegue de poder exógeno debe interpretarse como la intervención de una imponente mano negra en las sombras o simplemente, como país, debemos ir a llorar al cotolengo?
Duende Juanchi: (Clavando su mirada gélida en la ventana y sosteniendo el vaso de calavera transparente mientras el polvo blanco se disuelve en el fondo) Asistimos al refugio pueril del súbdito que desconoce las leyes universales de la soberanía. Lo que se pretende calificar como un socorro oscuro o una conspiración fortuita es, en verdad, la demostración más pura y severa del principio fundador de la regulación natural: allí donde no existe un poder supremo e indiscutible capaz de imponer el orden mediante el terror de la espada, la vida de los hombres se reduce a la discordia, al caos y a la fuerza bruta. La irrupción de las fuerzas federales en las penumbras del vestuario no es un exceso; es el ejercicio legítimo e implacable del Gran Soberano reestableciendo la potestad del Estado sobre una facción rebelde. La FIFA y las corporaciones que la rodean pretendieron erigirse como un poder estamental ajeno a la espada autónoma, que gobierna el curso de los hechos por fuera y por dentro del Estado, pactando en la sombra con el crimen y la especulación. Pero el pacto social no tolera soberanías divididas: el soberano no pide permiso para cruzar el umbral del vestuario, pues todo fuero que pretenda sustraerse de su monopolio de la fuerza es, por definición, un acto de sedición que debe ser sofocado. En cuanto al clima de terror, frente a la paralización de los atletas –sumadas las advertencias sobre la sangre y la carne de los familiares– no presenciamos una injusticia, sino la mecánica natural de la naturaleza irrumpiendo en el teatro del espectáculo. El miedo no es un accidente táctico; es el instrumento primordial mediante el cual la autoridad efectiva doblega las voluntades e impone el cumplimiento de las leyes. Un equipo aterrado no es víctima de una fatalidad deportiva, sino la demostración viva de cómo la fuerza absoluta de la ley enmudece la soberbia de los particulares. Por último, la proscripción de la bandera no es más que la consecuencia lógica de la razón de Estado. Se habla de que, luego de aquel acto de rebeldía, ciertos jugadores de la selección nacional habrían recibido presiones directas para jugar en menor nivel, fingir lesiones o incluso hacerse expulsar durante el partido final. Se afirmó que estas supuestas órdenes respondían a intereses de la corona británica. El Soberano es el único facultado para dictar los símbolos, las opiniones y las doctrinas que garantizan la paz pública. Permitir que un trapo cargado de pasiones telúricas e inflamables altere el orden de la convención internacional sería una cesión inaceptable de autoridad. La masa pretende juzgar con la pasión del instinto lo que sólo puede entenderse mediante la fría física del poder: no hubo trampa ni destino adverso, sino la ratificación de que la fuerza legítima, cuando decide manifestarse, aplasta sin contemplaciones cualquier ilusión de autonomía.
NM: Más allá del dolor colectivo por perder la final de la Copa del Mundo, se observaron el mismo domingo grandes focos de festejo y desahogo en las calles del país, casi como si se tratase de una celebración de la victoria. Desde su perspectiva, ¿cómo interpreta estas manifestaciones festivas ante la derrota?
Duende Juanchi: (Ajustándose con parsimonia el corbatín almidonado mientras sostiene el reloj de bolsillo de oro en la palma de la mano, como si midiera el peso del tiempo histórico y no los minutos) Vivimos en una sociedad que ha hecho del sufrimiento una categoría estética y de la ansiedad un dogma de fe. Ante la imposibilidad material de transformar una realidad social y económica asfixiante, el inconsciente colectivo opera una transmutación alquímica: convierte la derrota deportiva en victoria moral, a modo de canonización del fracaso. Para el argentino, el fútbol no es un modelo de la realidad, sino un sustituto absoluto de ella. Cuando la masa sale a las calles a celebrar un segundo puesto, no está procesando un duelo; está ejecutando una maniobra de evasión psicológica que esconde detrás una figuraperversa. Al transformar el dolor real en un carnaval de autocomplacencia, la ciudadanía se inmuniza temporalmente contra la frustración de sus propias carencias estructurales. Festejar la derrota no es un acto de alegría o, incluso, de rebeldía. Es el síntoma definitivo de una histeria coral profundamente arraigada. Este fenómeno revela una preocupante quiebra en la capacidad de discernimiento de la opinión pública. Festejar la derrota es el triunfo absoluto del simulacro sobre el hecho fáctico. El poder político, por supuesto, observa este despliegue con un suspiro de alivio pragmático: una multitud capaz de encontrar un motivo de orgullo y cohesión social en la derrota es una masa dócil, anestesiada, perfectamente predispuesta a seguir tolerando el despojo en esferas mucho más vitales de la existencia civil. Es, en última instancia, el grado más agudo de ese autoengaño que hablábamos antes: la catarsis vacía de un pueblo que prefiere habitar un relato heroico de la miseria antes que asumir el vacío intolerable de sus constantes claudicaciones.
NM: En cuanto a esta noción de relato heroico, el destino –con una ironía profundamente dramática– ha querido que la semifinal de la Copa Mundial haya sido enfrentando aInglaterra. Más allá de lo estrictamente deportivo, la nación entera ha vivido este cruce como una revancha histórica o incluso como una reparación simbólica. Desde su perspectiva, ¿qué valor real tiene esta simbología?
Duende Juanchi: (Acomoda el nudo de su corbatín almidonado con parsimonia casi teatral) Invocar a Inglaterra es tocar la fibra más sensible de nuestra mitología civil. Para la maquinaria del poder, este cruce no ha supuesto una complicación, sino el escenario ideal. Ha sido elcombustible de mayor octanaje para la anestesia colectiva. La política no necesita inventar una mística cuando el rival provee el fantasma de una herida histórica que nunca terminó de cerrar. El valor simbólico de tal encuentro ha sido inmenso, pero evidentemente se trata de una trampa de simetría perfecta: nos permite trasladar una disputa geopolítica, territorial y soberana –donde hemos acumulado décadas de frustraciones y claudicaciones diplomáticas– al territorio dócil de un campo de juego. Es la máxima representación del autoengaño, ya que le ofrece al ciudadano la ilusión de una justicia aparente. Desde adentro, observamos este fenómeno con un pragmatismo casi cínico: mientras la masa crea que la soberanía se defiende consiguiendo la victoria en una competición, las verdaderas concesiones y las ruinas de nuestra soberanía real permanecen a resguardo de la mirada pública, cubiertas por el manto sagrado de la épica deportiva.
NM: En nuestra entrevista anterior usted hablaba de una masa de «desahuciados» que encuentra en el fútbol su única catedral para gritar con orgullo. Sin embargo, observando las tribunas de los estadios en este Mundial, quienes han ocupado esas butacas pertenecen mayoritariamente a clases acomodadas, cuando no a verdaderos potentados capaces de costear viajes y cuantiosas entradas en dólares. ¿No hay una flagrante contradicción en calificar de «desahuciados» a quienes ostentan semejante privilegio económico?
Duende Juanchi: (Sonríe con amargura, haciendo girar el hielo en su vaso) Evidentemente confunde usted el decorado con la obra. El desahucio al que me refiero no se mide únicamente en la cuenta de un banco, sino en la quiebra moral de la ciudadanía. Esos potentados que usted ve vistiendo camisetas de seda en las tribunas de Miami, Nueva York o Dallas son huérfanos institucionales tanto como el trabajador que apenas llega a fin de mes. Son náufragos con billetera. Huyen de la misma realidad asfixiante, de la misma decadencia estructural. Lo único que los diferencia es que su balsa es de primera clase.
La catedral del estadio no está hecha de cemento para los pocos que entran; está hecha de luz y pixeles para los cientos de millones que miran. El opulento en la platea y el obrero frente al viejo televisor se igualan en la alienación.
NM: En el marco de esta enajenación colectiva, ¿no es legítimo el derecho a la alegría? En una sociedad golpeada por la constante injusticia, los bajos salarios, la falta de trabajo, la pobreza y el temor a un futuro cada vez más incierto, ¿por qué ensañarse con el único bálsamo que queda? ¿Qué tendría de nocivo un paréntesis de felicidad colectiva –incluso celebrando en la derrota, agradeciendo a la selección nacional– como se ha demostrado el día domingo en los festejos por el segundo puesto?
Duende Juanchi: Como higienista, yo no condeno la alegría; describo su instrumentalización. No existe un mal intrínseco en el bálsamo. El problema es cuando el paciente prefiere morir por causa de la infección con tal de no interrumpir el efecto de la anestesia. Lo que me estremece es la asimetría criminal entre el esfuerzo que esta sociedad deposita en la épica deportiva y la desidia con la que entrega su destino civil. Quemamos energía, pasión, vigilias y oraciones por un juego, mientras aceptamos con una docilidad ovina el desmantelamiento de nuestra dignidad común. En mi ensayo Fundamento de todo fluido de sacrificio explicito, durante el cuarto apartado, cómo las corporaciones multinacionales –hoy llamadas Hyperscalers– ya no buscan mercados de consumo en el siglo XXI, sino que disputan la soberanía global en los términos estrictos de la física clásica: buscando vectores de disipación calórica –es decir, climas fríos– y el control de sustratos litosféricos estables –a saber, suelos firmes donde construir Régimenes de Granjas–. La Patagonia argentina está siendo cartografiada no como un territorio soberano, sino como una gran reserva bio-termodinámica de tierras sustentables y agua dulce –estratégicamente situadas en zonas de bajas temperaturas– convirtiendo estas variables en el insumo crítico e insustituible para sostener los macro-complejos de procesamiento de datos e inteligencia artificial que sostendrán la arquitectura cognitiva global. Mientras se exprimen los recursos naturales no renovables de nuestro país, la masa festeja subcampeonatos en plazas públicas.
NM: Volviendo a ese ciudadano que viaja de espaldas al desahucio económico, que permanece semanas enteras movilizándose de una ciudad a otra, viviendo en costosos hoteles, tomando largos vuelos entre ciudades del vasto territorio de América del Norte… La geografía norteamericana de este torneo ha impuesto una barrera casi prohibitiva. ¿Cuáles son los números reales de esa exclusividad que separa a estos “bendecidos de la tribuna” del resto, que debe contentarse con transmisiones vía satélite, por ejemplo eninstancias de cuartos de final, semifinales y final?
Duende Juanchi: (Suelta una risa por lo bajo, haciendo tintinear las hebras de alcaloide que se agitan en el fondo de su vaso de calavera) La exclusividad, mi estimado, es la mayor aduana del alma humana. Lo que la multitud entiende como “pasión desbordada”, en los informes de gestión lo leemos como un extraordinario ejercicio de transferencia de riqueza. Este torneo no ha sido solo el más largo, sino el más obscenamente caro en la historia de la FIFA. El acceso se ha convertido en una ingeniería de castas. Desde los pasillos de control donde se observa el flujo de capitales y el movimiento de divisas, describimos la anatomía financiera que se ha desarrollado durante las fases decisivas como un comportamiento de curva geométrica. En los cuartos de final, vimos cómo ha operado el pánico bursátil. Para el partido de Argentina contra Suiza en Kansas, la especulación oficial en reventa llegó a tocar techos delirantes de seis cifras. Pero la matemática del fútbol es caprichosa: cuando Estados Unidos y Portugal quedaron eliminados, partidos como el de España y Bélgica en el SoFi Stadium sufrieron un desplome del 60% en su cotización. El mercado se depura de paracaidistas y quedan los devotos, aquellos que pagan un piso de 1.000 dólares solo por respirar el aire de la periferia de Foxborough.
NM: ¿Y el salto hacia las semifinales? El cruce contra Inglaterra paralizó al país también en lo económico.
Duende Juanchi: Las semifinales fueron la consolidación de la embriaguez especulativa. La entrada promedio en los mercados secundarios se disparó a 4.162 dólares. Pero el factor argentino –la mística, el viaje de los heridos, el último baile del astro– operó como un multiplicador financiero. Para ver Argentina-Inglaterra en Atlanta, el ticket de reventa más miserable, el de la bandeja superior donde los jugadores parecen hormigas, no bajaba de los 2.600 a 2.800 dólares. Quien quisiera oler el césped en Categoría 1 tuvo que desembolsar 5.000 dólares, y los palcos de Hospitalidad treparon a los 13.000 dólares. Todo esto sin contar el alojamiento: los hoteles en Atlanta multiplicaron por cinco sus tarifas habituales y las aerolíneas cobraron los pasajes de última hora a precio de lingote de oro. Un desfalco consentido bajo la firma alegórica de un “contrato de lealtad con la bandera”.
NM: ¿Qué registraron los tableros sobre el costo de presenciar la gran final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey?
Duende Juanchi: (Bebe un sorbo largo de vodka, saboreando el placer del cálculo) El domingo la burbuja había alcanzado su masa crítica. La final del día domingo en Nueva Jersey fue, oficialmente, el evento deportivo más caro de la historia de los Estados Unidos, superando con holgura cualquier Super Bowl. La FIFA impuso paquetes cerrados de pasaje, hotel y entrada que oscilaron entre los 52.000 y los 70.000 dólares, un peaje que solo el verdadero potentado o el desesperado que empeña su futuro pudieron costear. La reventa libre en plataformas como SeatPick o SeatGeek registró un precio promedio de compra de 15.331 dólares por ticket. El boleto más barato para ingresar al estadio –el famoso get-in price– subió el domingo por la mañana a los 9.500 dólares en sitios como TickPick. Y los sectores preferenciales o la platea baja fluctuaban entre los 28.000 y los 57.000 dólares, con palcos VIP cotizando en cifras absurdas de seis dígitos. Los vuelos directos cotizaban, entre el jueves y el sábado, precios inéditos de hasta 24.690 dólares. Entre jueves y domingo hubo sesenta mil argentinos en Manhattan buscando un milagro, dispuestos a incinerar los ahorros de su vida por ciento veinte minutos de una gloria que –por cierto– nunca llegó. Desde adentro vemos ese flujo con fascinación científica: la perfecta demostración de que, cuando la patria simbólica está en juego, el desahuciado financiero no duda en saquear su propio porvenir.
NM: Hablemos ahora de otra geografía, aquella que se encuentra en las tierras profundas del interior del país. Usted bien sabe que el pulso en las provincias se vive bajo otras conductas, otras frecuencias. ¿Qué ocurre en esos territorios cuando la fe se rompe o, por el contrario, cuando se concreta la gloria? ¿Cómo impacta esa realidad en los despachos gubernamentales del interior?
Duende Juanchi: (Mira de reojo el ventanal, como buscando el horizonte más allá de la ciudad) El error del centralismo es creer que el país se resume en el eco del Obelisco o en una avenida porteña. En las provincias, el Mundial no es una simple fiesta; es un prisma que refracta las asimetrías de nuestra existencia. Desde el poder, uno no mira las encuestas de opinión; mira los indicadores silenciosos del interior profundo. El humor social en aquellos parajes es más denso, menos volátil, más definitivo. La victoria o la derrota golpean sobre una superficie ya agrietada por las distancias, los costos de producción y el olvido institucional. Sin embargo, el fenómeno opera de una manera fascinante. Cuando el ánimo social está unificado por la épica de la selección, las demandas provinciales entran en una suerte de hibernación mística. Si hay gloria, el festejo en las provincias adquiere un tinte casi de reivindicación identitaria. Las plazas de Tucumán, Mendoza, La Rioja, Córdoba, Formosa, Mar del Plata o Puerto Madryn se llenan no solo para celebrar el fútbol, sino para gritar «aquí estamos». Para los líderes locales, ese orgullo es un combustible valiosísimo. Se mimetizan con el festejo regional para suturar, aunque sea estéticamente, el desencanto con el gobierno central. Pero frente a resultados adversos –más allá de festejos candorosos e inmediatistascomo los que se han visto el domingo– el regreso a la realidad en el interior es mucho más descarnado que en Buenos Aires. En la capital, la alienación tiene muchas capas y distracciones; en una comunidad del interior, cuando el televisor se apaga y el silencio vuelve a las calles, las ruinas cotidianas quedan desnudas de inmediato. La falta de insumos, el costo del combustible o la precariedad del empleo vuelven a ocupar el centro de la mesa familiar sin ningún amortiguador mediático. Por eso, desde adentro, el verdadero monitoreo no se hace en los canales de noticias de la capital, sino en los despachos provinciales, donde se sabe perfectamente que, una vez disipada la bruma del torneo, el humor social del interior vuelve a su cauce natural: un cauce exigente, curtido y que ya no acepta bonos solidarios.
NM: Hay un fenómeno innegable que se ha consolidado en el transcurso de esta Copa Mundial. En cada rincón del país se ha extendido –y permítame utilizar un concepto que usted desarrolla en su Ponderación científica de la toxicomanía en la Argentina– un régimen de «alcoholismo de contrato» en torno a los partidos de la selección nacional, en muchos casos potenciado por el uso y abuso de narcóticos y otros tóxicos. ¿Cómo se lee este pacto implícito de descontrol?
Duende Juanchi: (Su pequeña figura se recuesta ligeramente en el sillón, uniendo las yemas de los dedosy adoptando el tono riguroso pero desapasionado del analista que revisa sus propios textos teóricos) Me agrada que traiga a colación ese concepto, porque el matiz es fundamental. Cuando definí el «alcoholismo de contrato» en mi Ponderación científica, no lo hice pensando en una patología individual, sino en una técnica de supervivencia colectiva. No estamos ante un desborde caótico o anárquico; estamos ante un acuerdo social implícito. Es una cláusula de excepción temporal que el cuerpo social firma consigo mismo para suspender la vigencia del dolor cotidiano en la etapa previa a cada encuentro, durante el mismo juego y en su posterior festejo o derrota. Desde las esferas de decisión, este pacto no se juzga con el purismo del sanitarista ni con la indignación del moralista. Se lee con el pragmatismo del ingeniero que vigila la presión de una caldera. El consumo ritualizado –sea el alcohol estamentado en la mesa familiar o el recurso a tóxicos más severos en las esquinas– opera como el lubricante indispensable para que la anestesia funcione a escala masiva. El poder no interviene porque sabe que esa bruma química cumple una función homeostática transitoria: contiene la angustia, disuelve momentáneamente el resentimiento civil y canaliza la violencia latente hacia un grito de desahogo general. Tolerar el contrato es el costo invisible de asegurar la paz social bajo una presión estructural insoportable.
NM: Pero todo contrato tiene una fecha de caducidad y una liquidación de costos. Ha terminado el Mundial: la excepcionalidad del rito se ha roto. ¿No preocupa la resaca de este letargo prolongado?
Duende Juanchi: (Su mirada se vuelve más severa, perdiendo cualquier rastro de aprobación) Es ahí donde radica el verdadero desvelo que se discute intramuros. El peligro de los regímenes de excepción es que acostumbran al organismo a un umbral de fuga que luego la normalidad del lunes posterior no puede sostener. Ahora que las luces de los estadios se ha apagado definitivamente y el contrato caducó, el despertar será doblemente amargo. Es el silencio del resacoso que se niega a abrir las cortinas porque sabe que el sol va a mostrarle la mugre de su habitación. El riesgo real que monitoreamos no es el consumo durante el torneo, sino el vacío metabólico que sobrevenga cuando el estímulo desaparezca. La resaca no será biológica, sino civil. Si la ventana de fuga se cierra y el ciudadano se descubre exactamente en el mismo lugar de desamparo, pero ahora con el sistema nervioso desgastado por el exceso y desprovisto del mito aglutinador, la frustración contenida puede volverse sumamente inestable. Mientras el exceso permanezca encauzado dentro de las coordenadas del rito deportivo, se asimilará como el costo invisible de mantener la paz social bajo una presión interna descomunal. Ahora, administrar el regreso a la sobriedad de un país que despierta de su propia anestesia es, sin duda, la operación de control más delicada del día después.
NM: Pasemos entonces a este escenario del día después. Quienes conocen su trayectoria saben que usted no es un mero observador, sino alguien que camina la realidad y opera desde los pliegues mismos del poder. ¿Cómo se vive esta situación a futuro?
Duende Juanchi: (Disuelve el hielo en su vaso con un movimiento pausado, entornando los ojos) El error de los analistas ingenuos es creer en conspiraciones burdas, en la existencia de carpetas secretas o decretos ocultos. La política no opera con esa torpeza cinematográfica; es mucho más biológica, más sutil. No construimos diques artificiales contra la corriente; simplemente entendemos la gravedad del río y nos dejamos llevar por ella. Si la gloria hubiera coronado el esfuerzo, el poder no hubiera necesitado expropiar nada ni forzar un discurso. Se hubiera limitado a abrir las puertas y mimetizarse con el paisaje. Cuando una sociedad decide encandilarse con el brillo de una copa, la luz es tan cegadora que las asperezas de la gestión cotidiana simplemente se desvanecen por defecto óptico. No hay necesidad de ocultar las ruinas; es el propio ciudadano el que elige mirar hacia el cielo iluminado. El Estado solo concede el escenario para que esa liturgia ocurra, transformándose en el anfitrión institucional de un desahogo ajeno. Eso, en los pasillos del poder, se traduce en una valiosísima tregua de gravedad institucional que se asimila con silenciosa gratitud.
NM: Ahora, en las arenas grises de la derrota, ¿cómo se administra el dolor de una sociedad tan golpeada?
Duende Juanchi: (ordena a su custodio Hormigón que se prepare inmediatamente el sulky para abandonar la confitería, mientras bebe el último vaso de Crystal Head sazonado con hebras de alcaloide) La derrota nos ha devuelto a la fosa helada del infortunio. Y así como la política simplemente se calza el luto con una naturalidad pasmosa, la maquinaria improvisa un enemigo o monta un tinglado. Nos volvemos intérpretes y compañeros del dolor común. El domingo se ha festejado el segundo puesto con la energía de un campeonato: un pueblo herido en su orgullo deportivo es, paradójicamente, un ecosistema más previsible, porque su frustración encuentra un cauce abstracto y lejano. La tristeza colectiva opera como una esponja térmica: absorbe la tensión social que, en días ordinarios, se dirigiría hacia las vallas del Estado. No diseñamos una cortina de humo; dejamos que la propia bruma del desencanto envuelva las instituciones. Ofrecemos el consuelo de una melancolía compartida que, al menos por un tiempo, vuelve secundaria cualquier otra demanda. Al final del día, nuestra destreza no radica en inventar el humor social, sino en saber inspirar el aire que la sociedadexhala, sea el oxígeno de la euforia o el dióxido de la resignación. El límite lo impone la realidad, que es una acreedora implacable y no acepta suspensiones de pago.
