ESCRIBIR
Paula Trama
Escribir es una actividad que se puede llevar a cabo con mayor o menor conciencia, pero la escritura es siempre una destilación. Hayamos pensado o no, hayamos leído, meditado, lo que escribimos es una sustancia hecha con las vidas de muchos.
Con la lectura calentamos los materiales que ya andan dando vuelta en nuestras cabezas, y los eventos que nos tocaron el cuerpo. La lectura empuja el ánimo hacia arriba, lo hace aumentar su volumen, agitarse como si no pesara moviéndolo con un calor que no se sabe de quién es, pero que hacemos nuestro muy rápido. Si esto fuera así, si la escritura fuera una destilación: ¿qué es lo que se evapora?
Para mí que se evapora el tiempo, y la realidad también se evapora. Después nos queda una escritura de una muchedumbre pensativa y sus problemas.
Nos la pasamos escribiendo, lo que pasa es que escribir lo que se dice escribir es una cosa amanerada del que escribe, un relámpago con forma de firulete. Modales raros de hablar del presente y colarse en una sensación de mini eternidad. Hay escrituras para avanzar como un caballo y otras para pastar, textos para intoxicarse y remediarse homeopáticamente.
Busco en un chat con mi amiga Paula un poema del italiano Sandro Penna que nos pasamos hace poco: “Io vado verso il fiume su un cavallo/ che quando io penso un poco un poco egli si ferma” (Hacia el río voy sobre un caballo que cuando poco a poco pienso, se detiene”. El poeta va sobre un caballo, el caballo es la voz que corre a toda velocidad, y solo con palabras se hace inteligible y adquiere un ritmo: avanza, se detiene. Quiero ir a caballo de voces ajenas, trasladándome sin tocar el piso.
Como dice Carri en Cine vivo: “el cine es una prótesis de la vida, la vida es una prótesis del cine”. La misma frase de dos puntas vale para la escritura, una prótesis del cuerpo para vivir más cosas. O para vivir cosas a las que el cuerpo no llega. Un artefacto que se nos adosa: una página, un caballo, una pantalla, una pared en donde se pegotean dos nombres enredados en un corazón turro. “Salimos de casa en busca de un paredón donde proyectar nuestro carácter conmovido” dice Juan Laxagueborde en Liliana Maresca, una época, “y lo que terminamos encontrando son problemas”. Las conmociones se evaporan, los problemas se destilan.
Me acordé de una escena de ¿Qué es el otoño?, película de 1977 en la que charlan Alfredo Alcón y Dora Baret, desnudos y enamorados en la cama después de haber tenido sexo. Él le pregunta a ella “¿qué sentís?” y ella le responde, como si le estuviera contando un cuentito: “Dentro mío hay alguien que te quiere. Una persona chiquitita. Una María Luisa así chiquitiiiita. En realidad yo le sirvo de abrigo o de estuche. Siempre estuvo ahí esperando, va conmigo a todas partes. Le sirvo de transporte. Algún día cuando sea vieja, arrugadita como una pasita de uva, también le serviré de ataúd.” Cuando María Luisa termina la frase, descubre que debajo del antebrazo con el que se tapa la cara, Alcón está llorando. María Luisa se sorprende de haberlo conmovido, “¿Eh, qué pasa loco?”, le dice como con amistad y ternura. Es que más que contestarle qué sentía, le escribió algo en el aire.
La película nos regala un problema, una escena extrañamente literaria y tétrica, que se pregunta por los límites de lo que se puede llamar conmovedor o romántico en una cama de película.
Avanzamos con la sensación de que algo, sea mayor o menor su grado de inutilidad, merece salir del tiempo lineal y quedarse suspendido pidiendo la atención del auditorio; voy en tren y voy en avión, voy a caballo en busca de un descampado que me deje ver un relámpago con firulete. Hete aquí mi prótesis: un puño lleno de frases de los demás.
Me queda una pregunta, quién sería el huevo y quién la gallina, entre Vida y Escritura. Porque a esta altura y cada vez más ya no sé si me enamoro porque leo demasiado sobre gente enamorada, si para escribir me enamoro, o si escribo porque me enamoré. Y tampoco sé si toco un instrumento nuevo para escribir sobre lo que encuentro, o descubro cómo escribir aprendiendo a tocar un instrumento desconocido. Si escribir una canción es montar en el aire el caballo inentendible de la propia voz, o decir “ah! ya sé qué canta aquel!” y escribir versos en el aire como un unicornio.
