UNA LECTURA PROPIA

Emilia Casiva

Compro la primera revista Ramona en el Cineclub Municipal Hugo del Carril de Córdoba, atraída por la
sobriedad minimalista del diseño: tipografía Helvética, b&n, notas a dos columnas
justificadas, ninguna imagen. El precio: $5 (o 5 venus). Es una publicación sobre artes
visuales, algo que no me interesa en lo más mínimo. Me seduce sin embargo la apariencia
ordenada, blanco mate, en extremo simple, totalmente limpia de esta revista. Es octubre de
2002 y como dice la novela de Barón Biza padre, todo estaba sucio, así que probablemente
sea ese contraste el que llame mi atención.
Empiezo a leerla porque ya gasté $5. No se qué son los venus.
*
Ahora tengo en mis manos el libro ArtPress, una narración propia de Ezequiel Alemian,
publicado por la editorial Ripio. Tal como lo anuncia el título, al comienzo del libro Alemian
cuenta su historia con esta revista, pero la cuenta en tercera persona, cuestión que enfatiza
el carácter narrativo y alienta a la imaginación. El narrador habla de los inserts, los copetes,
los cintillos, la portada, las letras del logo, la diagramación de las páginas, las imágenes
reproducidas en algunas de las tapas; habla del extraño hipnotismo que le produce el blanco
del papel (blanco satinado, tratándose de una publicación francesa); describe los distintos
lugares donde va guardando los ejemplares que se le acumulan a medida que pasan los
años y él se va mudando de casa; relata las veces que la sueña; confiesa que quizás no
tenga “demasiada conciencia” del vínculo que ha construido con ella.
Leyéndolo no me comparo (ni me identifico, como suele decir María Moreno siguiendo a
Barthes). Siento más bien una sensación similar a la que debe haber experimentado –me
imagino– el protagonista de Continuidad de los parques cuando llegó al final de la novela
que estaba leyendo, que como sabemos equivale al final del propio cuento. Me permito
exagerar, porque acá no están en juego cuestiones de vida o muerte, pero sí esas cosas de
los dobles, o de los espejos, que se abren paso en algunas lecturas. Ya voy a intentar
explicarme. Antes, un apunte: que según dicen los críticos literarios, el protagonista de aquel
cuento de Cortazar es el ejemplo más cabal del “lector-hembra”, ese que despacha a la
realidad y se olvida de ella para ponerse a leer y limitarse a leer (nada más que leer),
cómodo en su sillón. Aunque hay que ver qué pasa con esta tesis, si en definitiva lo que lee
el “lector-hembra” llega al final de la lectura para apuñalarlo por la espalda, y él (o elle,
porque lo siento por Cortazar pero el “lector-hembra” como su nombre lo indica no es otra
que un ser no-binarie) no lo verá venir, okey, pero lo lee venir. Entonces o no entiendo muy
bien la tesis cortazariana, o esta hace agua, pero no importa. ¿Será que cuando una lee
algo venir, ya es siempre tarde?
Me autopercibo lector-hembra, por supuesto. Quiero pensar que Ezequiel Alemian también
lo es. No me comparo, no me identifico, me limito a leerlo. Y lo que leo en su libro llega por
detrás cuchillito en mano (tampoco voy a exagerar al punto de decir “puñal”) y yo lo leo venir.
Tarde, como siempre.
*
Es 2003 y empiezo a buscar más números de la revista; encuentro dos en Amerindia, una
librería de la calle Caseros dedicada a libros de arte, diseño y arquitectura. Llego a esta
librería por recomendación de alguien, ya dije que el arte no me interesa. El librero me
informa que difícilmente consiga más ejemplares en Córdoba, salvo de casualidad. Me llevo
los dos números, idénticos al primero que compré: tipografía Helvética, negro sobre blanco,
notas a dos o tres columnas, justificadas, ninguna imagen. Los leo. No sé de qué hablan, ni
de quién, ni cómo se ven las obras que describen (quiero decir: no sé cómo lucen, pero
tampoco cómo hay que verlas). No tengo idea de dónde quedan Ruth Benzacar o Belleza y
Felicidad. No sé quiénes son los que escriben, aunque por ahí aparezcan un Ricardo Piglia
o una Tamara Kamenszain, sus notas no se diferencian ni en tamaño, ni en tipografía o lugar
ocupado en la página de las de Cachirula Fulgor, La Adivina o El Peludo. Tampoco alcanzo a
comprender por qué las editoriales están escritas en primera persona del femenino (si son o
se hacen) y hablan de Duchamp (a quien yo acabo de conocer en esas mismas páginas)
con tono de peluquera de barrio. Y sí, es lo que leo lo que me impulsa a convertirme en lo
que me estoy convirtiendo: alguien que hace cinco minutos conoce a Duchamp y ya se pone
a opinar de qué manera hablar sobre él. En fin, que menos aún entiendo por qué hay una
sección en la que se les pide a lxs lectorxs que envíen definiciones de palabras, palabras
como beso o torta que no veo de qué servirían para definir el arte; o por qué se pelean tanto
por el color rosa y qué pasa con ese color que la discusión vuelve en cada número.
Reafirmo la hipótesis de que la revista es cualquier cosa. La uniformidad marcial del diseño,
la simplicidad, la limpieza, el orden que me habían seducido en un principio resultaron ser
pura apariencia. Me suscribo.


Llega por correo a la misma dirección durante siete años. Lo que más espero leer cuando la
saco de la bolsita transparente son los títulos de las notas. Durante el primer tiempo, las
descripciones de las obras traen consigo un universo casi infinito de posibilidades tan
sorprendentes como tediosas para una imaginación sin google a mano. Aquello que leo
(sobre las obras, lxs artistas, las muestras, las galerías, las ferias) en la mayoría de los
casos es algo que nunca voy a llegar a ver. Esto no es una queja, es algo que marca de ahí
en más mi relación con el arte. Una relación un poco distorsionada, mediada por el lente
veleidoso de la lectura, con la tendencia de esta a decantarse por la trama, por la narración.
Cada quien su tendón de Aquiles, o su style. El mío es novelero: rosa… de lejos.
*
En la tapa del libro, Ezequiel Alemian aparece dos veces y en tres roles: como autor, como
compilador y como traductor. Sospecho que es inconducente preguntarse cuándo
selecciona, cuándo traduce, cuándo narra, cuándo –incluso– hace crítica de arte; tan
inconducente como preguntar si el “lector-hembra” es nene o nena. De lo que dice el
narrador, subrayo lo siguiente: “Leo los artículos como si fuesen novelas: como el relato de
un personaje, que no es tanto un sujeto en movimiento como lo que el sujeto hace consigo
mismo, lo que muchas veces no es sino una sucesión de relatos menores. Hay un relato que
el sujeto narra y un relato de lo que el sujeto hace consigo mismo cada vez que narra. Es la
narración y la narración de la narración. En su linealidad, ambas pueden ser similares o
diferentes”. Al párrafo subrayado, le dibujo al costado un asterisco envuelto en un círculo, la
marca que uso para señalar que algo me importa mucho, que es más que un subrayado. No
me comparo, no me identifico, no me reflejo. Me limito a leerlo, o más bien –como me señala
Juan Laxagueborde en un audio–, a leerlo leer.

Si como dice la famosa frase de Piglia, la crítica es una de las formas de la autobiografía
(“Alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas”, agrega inmediatamente
después), en este libro se puede leer una similar inclinación hacia el desacomodo de los
registros genéricos. Ahora bien, pienso que en el juego de espejos de ArtPress, una
narración propia, la entrada del traductor genera un desacomodo particular, no sólo de los
géneros y de los roles ligados a ellos, sino también de la experiencia que se cuela a través
suyo. Es como si algo de lo traducido pudiera cobrar cierta forma autobiográfica (Alguien
escribe su vida cuando cree traducir sus lecturas) produciendo al mismo tiempo un reflejo o
un doble levemente discordante. Alemian: “Leer esa lengua que comprende de manera
deficiente también como si esa manera deficiente de leer fuese la única posible…”. Así, esta
experiencia de la traducción nos predispone a una lectura que no viene por el lado de la
adecuación, sino que abraza el hecho de sentirse sin remedio un poco desajustadx. A ese
doble o reflejo me refiero, que quizás me aparezca ahora con más fuerza por culpa de vivir
envuelta en una lengua que no entiendo. Pero probablemente también sea porque el arte
contemporáneo es en sí mismo la expresión de ese desajuste, de ese juego de espejos.
Dicho sea de paso, qué cosa más borgeana, ¿no?: los espejos, los dobles, la traducción. En
virtud de lo cual no puedo evitar preguntarme qué habrían de sumarle a las corrientes
rioplatenses que se arremolinan en orillas borgeanas (mientras desbordan, por supuesto,
sus diques) calificativos como el de “auto-theory” o “ficto-crítica”. ¿Qué tienen para sumarle
estas etiquetas a María Moreno, a César Aira (otro enamorado de una revista, él también), a
Ezequiel Alemian? Pasado el momento de berrinche y volviendo a la frase famosa de Piglia,
lo que me gusta de ella es que no hace pensar en la clase de desacomodo que se enarbola
como programa o bandera, o en aquel que se anuncia previo a desacomodar, sino en el que
se produce cuando una cree estar haciendo una cosa y hace otra.
*
Si bien no llego a conseguir los 101 números que hacen a la colección completa, estoy
cerca. En un momento dado, quiero empezar a entenderla mejor, o poder justificar por qué la
sigo leyendo. La elijo como Tema de Tesis. Me anoto en un doctorado, escribo algunas
ponencias, fracaso. Alemian: “No posee una idea formada de la revista, y tiene la sensación
de que construir una perspectiva de ese tipo iría en contra de aquello que ha sostenido su
vínculo con ella”.
Para cuando deja de publicarse en papel, ya conozco algunos artistas de mi ciudad, pero a
ninguno le importa tanto leerla. Dicen que lo que se discute ahí a nosotrxs no nos compete,
que es porteñocéntrica, que hay que mirar lo próximo, así que dejo de hablar de ella. Me
dispongo a adoctrinarme en relación al contexto en el que vivo, y asumo lo que hasta
entonces no había querido asumir: que la revista y yo siempre vamos a estar muy lejos, que
no compartimos muchas cosas, que hablamos lenguas distintas, y –en fin– que no debería
haberle dedicado tanto tiempo a algo que sólo puedo leer y que nunca voy a ver. Eso es
propio de un lector-hembra, no participar de la historia, sufrir sentada en el sillón (aunque en
mi caso sea la parada del 600) un drama que le resulta ajeno.
Empiezo a participar en una revista de artes visuales de Córdoba. Tampoco tiene imágenes.
*

¿Será ArtPress tan lejana para Alemian como lo era para mí la revista que leí durante siete
años –desde que la encontré en el Hugo del Carril hasta 2010, cuando dejó de salir? Al fin y
al cabo, lo que leía en ella se ha quedado en el plano de existencia de sus páginas, sin
alcanzar nunca el estatuto de un “referente” con el cual chocarme en la realidad (o quizás sí
en algunos pocos casos, pero siempre demasiado tarde).
No hay con qué darle: el inicio de este libro, aun en su brevedad, magnetiza los artículos
seleccionados y traducidos por Alemian. Jean-Yves Jouannais, Jacques Soulillou,
entrevistas de Catherine Millet, una entrevista a Cindy Sherman, otra a Catherine David.
Probablemente esté leyendo a la mayoría de estos autores por primera vez, no sabría
decirlo. El arte contemporáneo ya es un universo que me interesa pero del cual sé poco, o
mejor dicho sé mal. Saber mal nos da un límite, que es también una posibilidad. Cuando leo
el artículo de Régis Durand en el que describe las puestas en escena de Cindy Sherman
como un señuelo, a través de las cuales no vamos a conocer más ni de los personajes que
participan en ellas, ni de sus roles, ni de sus referentes, me acuerdo de mi revista. ¿Habrá
sido sólo un señuelo? (lo dicho: ya estoy leyendo mal). Cuando leo el artículo de Camille
Morineau sobre el fenómeno de las fotografías de maquetas y decorados, encuentro que la
autora cita al propio Durand hablando de “la circulación en bucle entre las imágenes y lo
real” y lo conecto con el bucle entre las revistas y lo real en el que nos ha metido el narrador
de este libro.
Cuando leo la entrevista a Rosalind Krauss, la conecto con la descripción que hace al
comienzo Alemian, de una escena donde el narrador tiene las revistas tiradas en el piso,
unas sobre otras, como si hubieran armado “algo así como una colina extendida”. “Las
revistas en el campo extendido”, pienso, y me imagino el campo expandido de Krauss pero
con anteojeras pampeanas, porque la pampa se extiende, no se expande. Cuando leo la
entrevista a Denys Riout sobre la pintura monocroma, subrayo: “El rol de las obras ausentes,
evocadas por una descripción, plantea todo el problema de la écfrasis”. Esta clase de
lectura, un pespunte de conexiones paranoicas, podría continuarse a lo largo de todos los
artículos.
Cuando leo un artículo de Jacques Soulillou, conecto su acercamiento al crimen con el
cuento de Cortázar. A partir de la obra de Mac Adams, Soulillou entiende al crimen como un
relato que compone una red de relaciones, y dice “Cada vez que uno se aventura en los
vericuetos de la relación, sea como narrador, sea como criminal, corre el riesgo de quedar
atrapado en sus redes”. En los primeros párrafos de Continuidad de los parques, la mujer y
el amante repasan los pasos del complot que precede al final, mientras el protagonista los
lee embelesado. Tanto el crimen como el complot dependen por lo tanto de una trama,
cuyas redes nos pueden capturar (nada más relativo al drama, a la novela, a su
escenificación; y qué cosa más adecuada aquí que la paranoia para funcionar como motor
interpretativo). Gugleo por única vez las obras de las que se habla en este libro: una
fotografía de Mac Adams que muestra al protagonista inmerso en lo suyo, mientras una
mano de guante negro asoma por detrás sin que él parezca enterarse. De más está decir
que el cuento de Cortazar está escrito en tercera persona, como el comienzo del libro de
Alemian.
En el número 23 de mi revista, Piglia había publicado su Teoría del complot. Allí dice: “Si
pensamos en algunos escritores centrales en el imaginario de la narrativa argentina (…)
podríamos decir que es alrededor del complot que se constituye su noción de ficción. Sus
textos narran la construcción de un complot, y al decirnos cómo se construye un complot nos
cuentan cómo se construye una ficción”. Según Piglia el complot es posible en tanto el valor
de la literatura (y del arte) no descansan en elementos internos de las obras sino en la trama
sobre las que estas se mueven. Esas tramas y no otra cosa, dice siguiendo a Gombrowicz,
“son lo artístico”. El complot sobreviene cuando la crítica artística (¿la lectura? ¿la
traducción?) practica “la postulación de una red y de una intriga y la construcción de otra
realidad”. Crimen & complot en un juego de espejos. Me pregunto qué es lo que hizo
Alemian con este libro para que sea inevitable leerlo así. Por lo pronto es algo que no parece
obedecer a un programa, ni a un mero procedimiento; se parece más a las cosas que salen
cuando una cree estar haciendo otras.
*
Termino de leer ArtPress, una narración propia, y en su breve coda el narrador recuerda el
“copete de una nota en página par” sobre un investigador que se dedicaba a estudiar los
telones de teatro. Y así cierra el relato, con la imagen que marca el final de un drama, de
una puesta en escena.
Dejo el libro y salgo a andar en bici por la ciudad en la que vivo ahora, donde las obras de
arte contemporáneo no me atrapan en lo más mínimo. Se me escapa la trama, la red de
relaciones por la cual aventurarme. El relato, la escena, el complot. Tiendo a pensar que a lo
mejor en algún momento las lea venir. Tarde, seguramente.


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