HABLANDO DE FERNANDA LAGUNA CON UNA NIÑA
Agustina Gayo
¿Ir a un museo es una salida o es una entrada? Yo salgo de mi casa y Niña sale del colegio y las dos juntas entramos al Malba porque, para la de 8 años y para mí, ir a la muestra de Fernanda Laguna es salir y entrar y entrar y salir, todo al mismo tiempo. Como subir y bajar, que no existen una sin la otra, como mejores amigas o solo amigas con existencia de verdad, con fantasía por la vida y convicción de tal vez enfrentarnos a… ¿las escaleras mecánicas? Algunas personas tienen fobia a los ascensores y yo me entero, de alguna manera, de un miedo a las escaleras mecánicas con esta conversación:
Niña: —Estaba ahí, lo más tranquila cuando de la nada pongo un pie, y el otro como que se me queda en un escalón como mucho más… como si estuvieran así (separados) y entonces yo quiero volver y no podía.
Yo: —¿No podías qué?
Niña: —Volver.
Nosotras estamos volviendo a visitar, no la muestra, sino la obra de Fernanda. Ya conocemos su personaje de corazón, sobre todo porque Niña siempre fue chiquita para mí y en uno de sus cumpleaños pintamos el libro Para colorear (Mansalva) de Fernanda —aunque no sé si era para colorear— y pasamos tiempo mirando sus creaciones raras hechas con cosas de la vida común en libros como Los 2000 o Amor total (Ivan Rosado). Pero venir acá es ver en vivo esas cosas y, además, vernos a nosotras caminar entre ellas. Veo a Niña que mira una obra hecha con un maple de huevos: siempre quiero preguntarle si le gusta lo que ve. Pero perdida le digo:
Yo: —A ver, vamos a buscar otra parte. Capaz que hay que subir, ¿vos preferís no subir por escalera mecánica?
Niña: — …
Yo: —Podemos ver un ascensor… ¡Mirá, mirá!
Niña: — …corazoncito peludo.
Yo: —(Risas) ¿Es peludo? Sí, es peludo.
Caminar entre las obras es la parte más divertida, aunque en algunas partes hay bastante gente y un poco de ruido, cosa que puedo imaginarme que no pasaría en esas muestras que piden ser más silenciosas, sacramentales, algo a lo que rendirle devoción sin palabras. Acá… es distinto, y nosotras conversamos mientras caminamos y eso nos gusta aunque también, en voz bajita, decimos que desafortunadamente no se puede agarrar todo lo que nos gustaría tener en las manos.
Niña me dice: “me gustaría que me regalen este en mi cumpleaños y yo le digo: “me encantaría regalártelo”. Somos buenas amigas, ¿no? Sí, y sabemos que tenemos ganas de tocar todo porque varias veces nos piden distancia y cuidado con las manos. Algo conversamos sobre eso… es importante, pero también es cansador, como digo acá cuando estoy viendo algo que me encanta:
Yo: —Estos dibujos los hizo con lapiceras de colores, acá dice: “esto es lo que soy, no puedo ser otra cosa”, “soy mi madre”, esto me encanta… no toques mucho. “Puedo ir a fiestas y disfrutar”, “nunca seré otra”. “Tengo mucho miedo a que se enojen, a sentirme culpable”. ¿Te da miedo?
Niña: —No.
A pesar de esta respuesta, y gracias a ella, me doy cuenta de que el miedo es una sensación presente en la obra de Fernanda Laguna, pero es de esas presencias que podría llamar “fantasmáticas”. Aunque me gusta pensar que se ve más nítido que un fantasma, que se ve como puesto intencionalmente: un adorno o algo que cuelga. Porque en un momento le pregunto a Niña si conoce los llamadores, pensando en los llamadores de sueños o en los colgantes que tienen los bebés en las cunas, pero ella entiende que le hablo de dos latas unidas por un hilo. ¿Entonces esa sensación de miedo es algo así como el llamado de un fantasma pero un fantasma bebé o niño, más bien Casper y no tanto el padre de Hamlet o Macedonio Fernández? Tal vez.
Lo que cuelga y lo fantasmático (¿sus sombras?) hablan, de alguna manera, con la vida, y Niña me lo dice:
Niña: —A mi lo que me gusta es que son objetos reales, como de la vida que está pasando acá, en obras de arte que no tienen nada que ver con eso. Acá usa un moño común y corriente que se puede encontrar, por ejemplo, acá en mi cabeza, poner un moño y que yo me lo saque y lo pongo ahí.
Yo: —Me encanta esa, la tendría en mi casa.
Niña: —Las puntas son como pinceles.
Yo: —Es verdad, le voy a sacar una foto.
Niña: —¡A todo le sacas foto! Esta tiene como brillitos.
Yo: —¿Hay varias con brillos no? Dorados, principalmente. Me gusta esta, aunque se podría decir que es más abstracta ¿no? Mirá, esa es Fernanda.
Fernanda es de verdad y los materiales que usa en su obra son de verdad y el efecto de sacar una cosa de la realidad y ponerla en la obra es conocido pero también se ve, está, no desaparece y hace que en una de sus obras que parece la realidad hecha con cerámicas, podamos notar que también hay cosas de una verdad diferente.
Mirando las cerámicas:
Niña: —No entiendo cómo hizo esto.
Yo: — ¿O sea por dónde empezaron? ¿Eso te preguntas? Mirá qué bueno esto.
Niña: —El tachito.
Yo: —Sí, y el papel adentro del inodoro.
Niña: —Tiene mucho detalle.
Yo: —Sí, y viste que es todo cerámica pero, por ejemplo, el papel que está adentro del inodoro no es cerámica. Este tampoco. Como que hay cosas que no son de cerámica aunque todo es de cerámica.
Niña: —Me dan ganas de agarrarlo todo.
Yo: —El mate, las cucharas.
Niña: —Ratones. Una silla.
Yo: —Un estante.
Niña: —Ropa.
Yo: —¿Dónde?
Niña: —Acá, arriba de la cama.
Yo: —Es todo junto, habitación baño y una cocinita. Esta es un poco más grande.
Niña: —Me gusta la cocina. Y este gato.
Yo: —Hay un ratón ahí.
Niña: —¿Parece que se llevan bien igual no?
Yo: —¿Y esta estrella? Es de verdad.
La cuestión de las cosas de verdad está por ahí, da vueltas, como algo que cuelga y que se mueve y que puede girar moverse enredarse, tal vez, pero también hacerse un moño. Los moños están bastante cerca del mundo de los corazones y las manualidades. Atar, hacer un moño, un nudo pero para que pase algo, no un nudo y listo. Me parece que todo esto queda dicho más claro cuando Niña llega, de alguna manera, a hablar del “abrazo”:
Yo: —¿Viste muchos moños?
Niña: —No tantos. Pero en el corazón peludo siempre hay moños.
Yo: —¿Y este pie? “Calco del pie izquierdo del David de Miguel Ángel”. Wow, te saco una foto con ese pie.

Yo: —A ver allá qué hay.
Niña: —Tiene techo de papel. ¡Es ella!
Yo: —Está el corazón.
Niña: —Me acuerdo de esta imagen.
Yo: —¿Te la acordas? ¿Está en el libro?
Niña: —Yo la pinté.
Yo: —¿Qué le pasa? ¿Está con un fantasma?
Niña: —Está como abrazando a un fantasma. Y acá está durmiendo y el fantasma también está ahí. Acá está el fantasma adelante. Esa también.
Yo: —¿Te la acordas?
Niña: —Sí.…
Niña: —¿Esta la viste? ¿Está hecha con papel higiénico?
Yo: —Sí.
Niña: —“Lo que hago…” ¿esa es una x?
Yo: —Sí. “Lo que hago lo hago x no hacer algo peor”. ¿Y esto? Mirá, re suave.
Niña: —¡Colgantes de papel rojo!
Yo: —¿Cómo de papel?
Niña: —No de papel, pero parece.
Yo: —De peluche.
Niña: —Eso.

Lo que pienso es que en este mundo de materiales puestos, por decir así, en otro lugar (“…por ejemplo, acá en mi cabeza, poner un moño y que yo me lo saque y lo pongo ahí…”), nos hace, al final, hablar mucho de los materiales. Pero en esta manera de hablar —una manera más niña que no-niña— es más para confundirse mirando todo que para entender algo.
Yo: —Esto es algodón.
Niña: —Cierto.
Yo: —Esto también son algodones. pintados.
Niña: —Parece una chaucha.
Yo: —Si, te iba a decir que me parece eso pero no, hizo como una chaucha pero con algodón. ¿Y eso roto ahí? ¿Qué tal eso?
Niña: —Para mi esto va a ahí, por ejemplo que se le cayó una velita de cumpleaños ahí y se le rompió todo. Después la sacó, se lo recortó un poquitito como si hubiera sido cualquier cosa.
Yo: —Es verdad que se ve un poco quemado.
(Nos piden distancia con las manos)
Yo: —”Siento tantas cosas confusas”… Mirá, está bueno cómo está dibujado esto, ¿no? Se siente como que uno está viéndolo… desde acá. “¿A qué hora venís?“.
Niña: —Mira acá también hay cositas del corazón peludo.
Yo: —Mira este, como un calendario pero de “Hoy voy a llorar”. Estos deben ser los dibujos del libro, deben ser los originales, digamos, los que están dibujados en lápiz por ella. ¿Te acordas de alguno?
Niña: —De este me acuerdo. Está un poco triste.
Yo: —¿Está acostada en el pasto? Es verdad que está triste. ¿De ese te acordas?
Niña: —El fantasma que la tiene a upa.
Yo: —¿Está desayunando?
Niña: —El de las orugas también me lo acuerdo.
Yo: —¿Ella está acostada en el piso?
Niña: —Se la están comiendo unas orugas.
Yo: —No me había dado cuenta.
Niña: —Este también. Lo pintaste vos.
Yo: —¡Me lo acuerdo! “Soy una mente y un corazón. Mi mente es tonta y mi corazón no sabe lo que siente”. Mirá, escenas de mi vida y de mis deseos, este es mi diario íntimo público.
Niña: —Jajaja.
Yo: —Me encanta eso de diario íntimo y público, ¿cómo puede ser que exista?

