PRETEXTOS DE SALA Y ARTE ABSTRACTO AHORA

Juan Laxagueborde




Pretexto

Cuando una muestra es buena nadie lee el texto de sala para no cortar el sentimiento, para no entender con palabras, para seguir entendiendo a su manera. Cuando una muestra es mala tampoco, porque la gente se fastidia y no quiere saber nada. Sin embargo, no sé por qué, seguimos escribiendo textos de sala. Por ejemplo, y por suerte, tuve que escribir el texto de sala de La larga risa de todos esos años, la muestra de Valentina Duro Boceto en Casa Proyecto que todavía puede visitarse. Una muestra donde aparecen signos nuevos y legendarios. Que aparezca algo nuevo es un momento de abstracción, porque toda aparición es rara, imprevista. Es absurdo escribir sobre lo nuevo con palabras viejas pero una forma de hacerlo es tratar de notar las formas legendarias adentro de las formas que nos parecen nuevas. Conversar con la tradición, con la historia, para asimilar las sorpresas del presente. Me quedaron cosas afuera que ahora quería escribir acá, para después poner el texto tal como quedó. Así que estos son unos apuntes o un descarte digital de lo que no entró en la hoja A4.

El acontecimiento de la tradición es una novedad. Pero eso es solo la mitad en la muestra. La novedad reside en la manera justa en la que Valentina se propone radicalizar formas de pintar serias para que parezcan notas pequeñas de color, líneas, raspados y manchas. En algún punto escribo esta especie de postexto de sala y pretexto de argumentación, para decir que la distancia con las obras me sigue diciendo su relevancia. Las obras cantan por sobre la media chirle de la urgencia de muchos artistas de ahora (incluso de gente grande ya) que prefieren arruinarse la vida preocupados por hacerse un lugar a los codazos entre los discursos de preocupación inmediata sin preocuparse por averiguar que a los artistas nadie los espera, que en todo caso el sedimento del arte en cualquier memoria colectiva opera con el tiempo. Es un poco exagerado el ejemplo, pero para que se entienda: una vez le preguntaron a Mao, el jefe comunista chino de los años sesenta, qué opinaba de la revolución francesa y su poder de influencia universal. Mao respondió que era demasiado pronto para saberlo, que había que esperar. Habían pasado solamente 170 años. Bueno, algo así puede que pase con la muestra de Valentina, pero no vamos a tener que esperar tanto, en dos o tres años se verá su influjo, si es que no se está viendo ahora. Así que me puse a pensar qué hacer.


¿Investigación?

Hay una palabra, la palabra abstracción, que me ponía lento a la hora de empezar a escribir. Me daba cuenta que era un término acorde para tirar del hilo, para empezar. Fui a buscar a los tomos de Hauser y nada, fui a Julio Payró y tampoco. Dos historiadores del arte importantes, que escribían en el siglo XX, se frenaban en la época del impresionismo. No querían entrar a su siglo, ni rozaban a Malevich, a Mondrian o a Del Prete. El arte es un concepto fijo sin definición plena. La estética un concepto móvil un poco pesado, que hace lo que puede sin el itinerario de la ciencia ni el desprejuicio de la vida común y corriente. El arte no es el recuerdo ni es al revés del recuerdo. Ninguna época del arte pasa, todas quedan. Hubo abstracción y academicismo, porvenir, grandeza distinta a la grandeza fascista de la tradición disciplinaria. Después ya la abstracción quedó tironeada entre la modernización y el espíritu libre.


Durante los años cuarenta y cincuenta la crítica de arte italiana Margarita Scarfatti tuvo una relación intensa con Buenos Aires y sus lugares culturales alrededor de la calle Florida. Había sido amante de Mussolini cuando el líder fascista todavía era socialista. Quince años después era perseguida por ese mismo fascismo por judía y “moderada”, lo que la condujo al río De la Plata en busca de trabajo. Traía consigo las ideas prerrealistas, conservadoras, renacentistas para el siglo XX y futuristas de allá. Quería una pintura “comunicativa”, de fuerza plástica y poder persuasivo; una pintura “de contenido” que trascendiera al realismo pero que siga figurando imágenes posibles, míticamente posibles. Decía que la abstracción era una “esclavitud artificial” y un “falso atajo de pereza” donde la desviación primaba. ¿Pero la desviación respecto de qué? De la razón política. Los defensores de la abstracción, comandados por el capitoste de la revista Ver y Estimar, luego del Museo Nacional de Bellas Artes (1955) y luego del Instituto Di Tella, Jorge Romero Brest, pretendían la intuición de la vida nueva. Querían hablar del pasado con ideas nuevas. Les importaba más la expresión del espíritu que la materia. Lo bueno es que después de Romero Brest hubo otros que quisieron ser más libres que él. El señor modernísimo era un límite, un escalón para otra cosa, y supieron aprovecharlo.

La imagen era para los abstractos del cincuenta un pretexto para la manifestación del espíritu de las lógicas raras acolchadas abajo de las lógicas normales. Cuando la abstracción combatía la idea de que el arte imita a la naturaleza lo hacía en nombre de que imitaba un mundo sensible del que se había olvidado que se acordaba, pero del que no tenía lenguaje para contarlo. Eran pinturas que apostaban a manifestar la forma de un impulso impalpable, abstracto pero finalmente sensible. ¿Liberaría o decoraría? ¿Cómo saberlo… ? ¿Qué arte no sería decorativo? ¿Cómo se discute, en todo caso, algún problema del arte decorativo?. Sin la modernidad el arte solo puede ser decorativo. La modernidad es decoración más progreso. La abstracción es parte del vértigo del arte cuando cambiaba cada tanto, cuando no había conocido el concepto de “contemporáneo” que lo eterniza y lo fija, aunque adentro todo los días parezca distinto. ¿La vida sigue siendo vertiginosa? Sí, siempre y cuando todavía le digamos moderna. ¿Si no qué es?

Para 1965 la abstracción ya era antigua y el pop un poco también. Masotta descartaba a las dos en unas conferencias dichas en la misma manzana donde ahora se ven estas pinturas. Meses después descartaría también a la manzana. La siguiente punta, para que el arte siga trabajando tras las significaciones sociales que lo antecedían sin esperarlo, era el “arte de los medios masivos de comunicación”, que viene a poner el moño de toda una tendencia a la desmaterialización, a la no presencia de fetiches, más bien a la marcación de que la propia estructura social y sus relaciones son el máximo fetiche que el arte tiene ante sí. De ahí que toda esta tendencia pueda leerse como una realización sofisticada del vivo-dito de Greco. Dice Masotta: “los antiguos problemas sin salida de la pintura abstracta, de los cuales el suicidio de De Stael queda como testimonio, son abandonados por lo que ha sido llamado la nueva imagen”. La definición de “nueva imagen” puede cambiar con los años, pero alertados por el señalamiento que Masotta hace del fracaso existencial del más importante expresionista de la abstracción, el ruso-francés De Stael, que se había tirado de un balcón mirando el mar que antes le servía de puntapie para pintar, da cuenta de que siempre hay un arte indefenso, desmoralizado y que siempre hay una “nueva imagen” por llegar. O por descubrir. O por señalar. Para Masotta eran los “imagineros” argentinos, suerte de religiosos laicos donde descollaba Emilio Renart, hacedor de objetos devocionales deformes plegados al barroco del artista colonial brasilero Aleijadinho y precursor, sin dudas, de la obra de Valentina aunque no se note tanto. La potencia de la nueva imagen es que tiene por función crear nuevas imágenes a su vez y sus resultados son imprevisibles, anchos y locos en el tiempo.


Texto de sala

No es fácil escribir sobre las obras de Valentina porque son importantísimas. Demuestran que la abstracción no es el primer paso ni el segundo hacia un punto de llegada. Es un paso al costado, una manera siempre nueva de mirar, una cuestión de perspectiva y de crítica a las perspectivas. La pintura en las orillas, en el arrabal del ánimo sin faroles ni esquinas. El efecto imprevisto del desorden obsesivo. Además Valentina es muy lectora, pinta como leyendo descalza en las sierras un día nublado, donde todos los colores dependen de sí mismos, sin pedagogía pero con rigor. El arte, en casos como el suyo, se hace para contrariar la materia de la que está hecho el arte más cándidamente comunicativo, que acorrala y atonta. Valentina pertenece a la estirpe de artistas a los que cualquier palabra de más parece causarles un fastidio respetuoso, simpático, pero fastidio al fin. Se manifiesta con cautela y sentimiento sin necesidad de venderle el alma al diablo de la explicación. Esto no significa que le fastidiemos ni ustedes ni yo ni nadie en particular, más bien parece cansada de notar (jóven y cansada de ver, afilada) que algunos problemas del arte son falsos problemas. Propone, entonces, que se nos venga encima una saga de posibilidades desordenadas sin centro, las ventanillas del tren de una tarea bien personal o el tren de las ventanillas de todas las tareas juntas; tarea es sinónimo de «pretendo hacer lo que tengo ganas aunque me cueste». La tranquilidad graciosa de Valentina se comporta como un presentador de circo que dice “¡pasen y vean, pasen y vean!”, no necesita más. Lo otro es la vida privada. 

Quiere contar sucesivamente lo infinitamente variado y siempre lo mismo. El mismo centro que no se sabe, que nadie sabe. Pinta para no tener que llenar el vacío de palabras. Arma vacíos, incluso los enfrenta, pero no los llena. Las obras son como títulos de cuentos que no sabemos de qué tratan. Cuentan sin contenido y retienen formas sin contar. De repente aparece una franja, solamente una franja en su lugar, sin pretexto.

Los abstractos eran modernistas porque buscaban la verdad en el camino de un progreso destinado a la realización de la razón bajo los impulsos de la intuición desprejuiciada. Comparte bastante de este espíritu Valentina, aunque sus abstracciones de este siglo se bajan de la moto y prefieren el amor al margen que la verdad facetado por la sospecha. Estas pinturas están colgadas acá para reiterar que la búsqueda de la verdad es algo cada vez más difícil. Esto no significa que no exista la verdad, sino que la verdad se desplaza al ritmo de un perro al que hace mucho no sacamos a pasear. A Valentina le encantan los perros. Su recuerdo más feliz, en la infancia, tiene que ver con un perro nuevo y un pasillo. Así, el respeto por los perros sería un respeto por la verdad como forma difícil y la certeza de que los que la buscan a conciencia no la pasan tan bien.

Convoca a la risa de esos años –no a la de estos para estudiar los comportamientos plásticos como quien estudia a un grupo social en su relación con la cola para esperar el colectivo. Es el estudio de lo que ya pasó bajo la lupa de una sucesión de cuadros aplomados a punto de de salir volando con destino incierto. Desconfía de la voluntad. Corta, bajos los efectos de la tradición de la risa, las consecuencias del reflejo de los artistas tristes que se hacen los cancheros justo ahora, en estos años. Se atiene sin que sepamos del todo a qué. Sabe de otra cosa sin saber del todo qué es esto. Las capas de las pinturas son el sedimento de las preguntas sin respuesta. Se ríe también de la razón y se especializa en la tarea cotidiana de encontrar una imagen que se salga de las palabras sin venir de las palabras.

La abstracción más modernista tiene su sin fondo devoto de las formas que no se saben. Cualquier definición de abstracción sería pobre si incluyera algún tipo de lógica que la determine. Valentina pinta así para decir una parte que tiña el todo por un segundo, sin medida ni canal, pero bajo el límite del plano. ¿Una parte de qué todo? Una vez que lo dice sigue sin saber. Sin embargo, ya tiene una cosa de la que agarrarse, pegada sobre el durlock, plegada sobre el bastidor, colgada de un clavo y pendiente del espectador, ese sujeto chamuscado del siglo XXI cada vez más ansioso, lerdo y desprovisto, que se resigna sin reglamento para la salvación y que proyecta la solución en un costado que todavía no existe, o que se está formando con los ladrillos de la expectativa que queda en, por ejemplo, el arte. ¿Está bien hablar así? ¿Dije el arte? Bueno, quise decir artistas como Valentina. El arte no tiene mucho que decir sí quiere decir la tristeza que sale en el diario, pero tiene de todo para hacer cuando no pone adelante su función sino que se va, se va y se va, entregado a la supervivencia, demandante y fortuito. Estamos hablando entonces de dimensiones, de conjuntos y de planos que se mezclaron en la realidad de su tallercito, encorvados hacia arriba, recibiendo una luz blanca para romper con esgrafiados los colores comunes. Valentina no es común porque pretende una parquedad graciosa que corte este panorama volátil, generalmente decaído y solo por momentos prometedor. Al costado del panorama está la realidad y en la realidad están los artistas sin panorama, los que van viendo qué les pasa y disfrutan de los problemas porque no se terminan nunca.


Ahora

Una vez estaba leyendo un texto de sala y me quedé dormido, me desperté soñando y no sabía si seguir leyendo. La realidad es inevitable y formaba parte de lo que había que negar. Pero no había que negarlo con novedades ni con agendas. Había que transformar las cosas que pasan en presente. Transformarlas en formas desplazadas que de repente nos damos cuenta que estaban diciendo “acá estoy”. ¿Pero cuándo empiezan las obras que nos llaman la atención? ¿Cuando nace el artista? ¿Cuando nacen sus abuelos? ¿El día del primer garabato? ¿El día del primer bastidor? ¿El momento en que hay veinte obras que se autorregulan entre sí y arman una estructura de sentido donde la serie es más que las partes? Las preguntas así no sirven para nada, pero en algún momento nos las hacemos; y todo sigue porque nada pasa.


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