REPERCUSIONES DE LOS AGUAFUERTES X
Nazarena Mastronardi
Leo un Aguafuerte de Roberto Arlt por día y escribo algo. Los iré publicando una vez por semana acá, como si fuera una columna o sección del diario, como hacía Arlt con sus Aguafuertes en el diario El mundo. Los aguafuertes eran una mezcla de crónicas, ensayos, vivencias, reflexiones sobre lugares, personas, personajes, etc. que publicó durante los años veinte y treinta del siglo pasado. Son textos de una hoja y media generalmente. Hay más de mil. El titulillo de lo que escribo es el del aguafuerte que leí.
La calle del paseo
No existe la calle del paseo, existe Paseo Alcorta. Solo se puede llegar en auto. La calle del paseo en auto. La gente está bien vestida. Estoy disfrazada de estar bien vestida con botas y pollera. No resalto. Miro con ganas los locales. No mires, vení para acá. Si no tenes plata, boluda. Me agarran del brazo y mi manito estaba tocando unas remeras de algodón que suponen la mitad de mi sueldo. Me siento en un sillón gigante, blanco, mullido. Las señoras miran el celular sentadas con tapados de paño perfumados. Pasa una pareja vestida igual. Los dos llevan gorritos finos de lana gris clarita, una nena adelante con el mismo gorrito, pero rosa bebé. Los baños están escondidos. Tuve que preguntar dónde estaban y también estaban perfumados. Perfumes con caballos y herrajes dorados sobre una tarima negra de vidrio plateado. Todo huele a perfume. Me quiero poner un perfume de las muestras gratis. Agarro un frasco rosa lleno con un aplique de cinturón. No sale nada, está roto. Agarro otro igual y sale algo sin perfume. Hola, ¿qué tal los puedo ayudar en algo? La mujer que atiende tiene el pelo corto y maquillaje. Esos frascos son ficticios. ¿Cómo que ficticios? Claro, tienen agua.
El “furbo”
No puedo ser un autor triunfante por los maleficios y sacrificios a los que me someten mis detractores, puesto que no me animo a tener detractores. No puedo publicar una crítica sin tener miedo a perder una oferta de trabajo. A veces soy chanta, pero claro que soy chanta, sobre todo en los trabajos que no me interesan mucho. Soy una vaga disciplinada. Cumplo mis horarios, pero doy muchas horas libres en clases.
Por ejemplo, en uno de mis cursos donde no hay maestras acompañantes, o sea que tampoco hay adultos que me puedan juzgar, una malandrina de ojos claros y pelo rubio que no tiene ni nueve años y no me llega ni al ombligo, me acusó de irme a tomar un café y dejarles ordenando el aula en el recreo y que “por su culpa la maestra los retó”. Alrededor de ella se armó un sindicato de nenitos que pensaban lo mismo. “Fue tu culpa”, me decía, sin ningún fuero. Yo no insistí ni peleé porque en parte la chantada fue mi enseñanza.
Los furbos, claro, son como los chantas, y yo a ser chanta no sé si me animo. Quiero animarme, pero no me animo. Pero me descuido y en eso soy una vaga y atorrante. Y qué regocijo. Qué se le va a hacer, en parte es mejor ser furbo a ser envidiosa, qué se le va a ser.
La tragedia del hombre que busca empleo
Quien tenga el hábito saludable de moverse de un trabajo a otro en colectivo ve racimos de motos en puntos específicos. Y si es observador, ve que hay muchedumbre variada en aspecto que camina. Acá no queremos más negros, grita uno con un bolsón de churros o barritas. Le grita a un perro, lo aclara porque la gente se dio vuelta a mirar: le grité al perro, les dice. Adelante va otro que lo sigue el perro. También lleva en un brazo una bolsa de consorcio negra (no se llega a adivinar con qué).
Por La Rioja, un señor pasa los dedos con el gesto de un archivador adentro de una billetera rosa con bebés pug blancos y negros. Hay que buscar plan b, dicen otros dos mientras esperan almorzar. El de la billetera pug la mete de vuelta al tacho de basura con una lentitud medio lastimosa. Ojea un cuaderno de tapa dura rojo con stickers multicolores en medio segundo y lo revolea adentro del tacho. Tranquilízate, no te hagas el loco. Gumi Belipop. Escrito en un papel a mano sobre el mostrador dice NO CARGAMOS SUBE y sobre el vidrio del mismo kiosko hay otro de la misma índole que dice SE VENDE grande y SE BUSCA más chico, le siguen unas letras que ni un halcón podría leerlas desde el colectivo que a esta altura va más rápido. Locales chinos con muchedumbres de peluches de Stich. Góndolas separadas por color. Un café vacío. Café pared marrón, café bar café. Vidrios de pared en una esquina. Botellas de vino. La iluminación arriba es una llama de mentira que imita al fuego. En la tele, pantalla fucsia LA REALIDAD: FILAS PARA BUSCAR TRABAJO. Corrijo, hay una señora tomando un café y mira el celular. Pasa el dedo por arriba y tiene una bufanda sobre la espalda. (Todavía se sigue esperando la personería jurídica para que los grupos del desempleo constituyan esa sociedad del futuro.)
Del interior de un local semiblindado por rejas de rombos ovalados sale una viejita con rulos blancos que es como un halo petiso. Arriba del local, un cartel, HORUS, rosa pastel con hadas alrededor, hadas que son chicas hermosas entre montañas y nubes. De un lado dice Santería y del otro Regalería. En la vidriera hay dos mantas verde manzana, “solo efectivo”, dice un cartel, “solo efectivo”, dice otro cartel en el otro vidrio. Son de fibrón sobre papel. De abajo de la manta sale la cabeza de un Buda y por atrás la de un sapo. Los dos se ríen, del otro lado virgencitas, un gauchito Gil saliendo de la otra punta de la manta que forma montañas gracias a quién sabe cuántos cachivaches que hacen de cerros. Son las cinco de la tarde. La señora cierra el local. Más adelante el Congreso de la Nación, un señor de traje le saca foto al carruaje de la punta del techo.
/// Pintura de Orlando Belloni
