FANTASÍAS DE APROXIMACIÓN

Lupita Baliño

Muerdo y duermo es la cuarta muestra individual de Federico Rubi, ahora desplegada en
la Galería Linse. La muestra alberga, casi en penumbras, diez pinturas iluminadas
tenuemente por un haz puntual, que direcciona la mirada a un círculo de luz y color, tal
como lo haría la lente de un microscopio. Pero el microscopio aparece acá menos como
símbolo del conocimiento científico que como fantasía de aproximación: la seducción reside
en la promesa de no poder conocer algo del todo.

El texto de sala escrito por el curador Sebastián Vidal Mackinson trae, a través de la figura
de Barbarella, referencias bastante ineludibles a un imaginario sci-fi retro relacionado con la
aventura y, por qué no, si pensamos en la trama del film de 1968, a una idea del
autodescubrimiento a través de las pruebas y desafíos de los derroteros de lo erótico y lo
sexual. En la película, la trayectoria de la heroína se desarrolla entre planetas extraños,
paisajes extraterrestres, atmósferas sensuales y situaciones potencialmente peligrosas en
el encuentro con su cuerpo. Extrañamente o casualmente, los colores y las formas de las
pinturas podrían bien ser parte de la escenografía de un film sci-fi, retro-noir, paisajes
rosados y oscuros de lenguas, tentáculos, entes emplumados, organismos casi líquidos, o
miembros que chorrean, bosques-serpientes y una sola cara humana, absolutamente
andrógina, mirando hacia arriba muy sorprendida o esperando con su boca abierta a recibir
algo del cielo.

Como lectora puedo suponer que el texto se sirve de la referencia de la heroína erótica para
evocar la sensación intrépida de la aventura, de un peligro de contaminación entre lo que
rodea al cuerpo y lo que permanece adentro, del otro lado de la piel. El contagio aparece
muchas veces como consecuencia inevitable del saber, del conocer algo nuevo. También en
el texto de Mackinson, un cuerpo humano se ve amenazado por el exterior detrás de un
vidrio, y cuando finalmente éste estalla en mil pedazos, y la atmósfera extranjera cumple su
promesa de contacto, algo sucede: un cuerpo extraño entra en otro cuerpo a través de una
acción tan vital como mínima: respirar. Me parece que esta fábula que el texto propone
funciona porque la muestra trabaja principalmente sobre dos cosas: la sensación como un
espacio interior y sobre la cercanía. La más íntima y la más áspera de recorrer: la de unx al
interior de sí mismx. En principio porque Federico me habló de estas pinturas como el
resultado de mirar para adentro del cuerpo, mirar lo propio como lo extraño, como lo Otro.
Asocio que la meditación (o el rezar, como acción de la fe), es también en casi todas sus
formas, una experiencia similar: cerrar los ojos para ver, con una conciencia muy pregnante
del borde, a ambos lados de la piel. El espacio de la muestra produce las condiciones para
cierta experiencia del cuerpo y de la visualidad. Las luces tenues, la mirada direccionada
hacia esos paisajes interiores. La sala genera así un particular silencio. En toda actividad
meditativa o artística, en ese sumergirse del Yo para encontrar al Ello dentro de sí mismo,
aparece algo de un auto-erotismo sensorial y místico. En todo descubrimiento hay un goce,
especialmente si estuve buscando con dedicación. ¿Puedo de esta manera llegar a decir
que es posible reconocer en el ejercicio de la pintura un ejercicio místico?

La mística es por definición una unión de lo físico-corpóreo, terrenal, con algo más, lo divino
o lo inefable. La comunión del cuerpo con lo intangible. En términos psicoanalíticos, la
experiencia mística puede aparecer -especialmente cuándo es extática, radicalizada, o hiper
histriónica- como una suerte de trastorno o síntoma donde las cosas del afuera y el adentro
se diluyen en una especie de «revelación», o «evidencia». El momento aurático de algunos
padecimientos mentales por ejemplo, es acompañado de percepciones sensoriales,
imágenes o colores, que bien podrían ser “visiones”. Federico es un artista que pinta, que
tiene un sentimiento, una inquietud y un pensamiento acerca de lo religioso, y además
trabaja en salud mental. Le pregunto si había pensado en las relaciones entre el sentimiento
místico y los padecimientos mentales. ¿Cómo podría acercar a través de su experiencia
estos tres campos de hacer (el arte, lo terapéutico y lo místico) y de relación con él mismo y
con lxs otrxs? Quizás es una pregunta un poco ambiciosa. A Federico en principio le cuesta
vincular el arte, los padecimientos mentales y lo místico, porque los padecimientos mentales
y el arte se vinculan en el trabajo, desde una perspectiva más comunitaria que
psicoterapéutica. Me dice, entre otras cosas, que estas pinturas tienen algo de lo místico, en
el sentido en que es un ejercicio de afuera hacia adentro, lo que las pinturas en sí mismas
promueven.

Se me aparece entonces en la charla sobre la cercanía de las cosas, el factor de la
distancia. Si la mística está en la unión total: ¿cómo se relaciona el artista con la distancia,
con ese sentido opaco que no se puede conocer? Dice Federico que ahí entra para él la
sensualidad y lo corporal como si lo erótico o lo sexual fuese algo que circula al tema y el
tema en sí es la distancia justa para tratar con ese sentido que no se puede conocer, con
esa “gran cosa”. Encontramos ahí el punto en que lo místico se roza con lo erótico. Fede
dice que gracias a las pinturas descubrió que podía pensar y habitar el cuerpo de otra
manera. Piensa en lo erótico como algo que está cumpliendo una función de intermediar
entre eso que no se puede conocer y la pintura. Le pregunto si le parece que la pintura es
-como dice Celia Paul- el lenguaje de la pérdida: ¿qué duelan estas pinturas o que ausencia
o vacío nos presentan?. “Algo del cuerpo es lo que se duela”, dice Fede, “algo que es una
pregunta”. La pregunta por sí sola (cualquiera que sea) encierra una verdad en su
formulación, que no necesita de la respuesta para existir, y que es de hecho mejor no
explicitar, para que en esa omisión, brille lo sagrado. Porque lo sagrado es aquello
misterioso, pero que sin embargo es rotundamente sentible, como el interior del cuerpo,
innegablemente percibido -especialmente en el dolor o la incomodidad- por más que no
pueda ser cognoscible a simple vista desde este otro lado de la piel.

Quizás por eso muchos de los títulos de las pinturas parecen hablar desde un lugar anterior
o ulterior al lenguaje: Cierro los ojos, Pierdo el habla, Sueño en el centro, Líquido, lo que
soy se deforma, El sentido nunca es mío, Unido al fondo de un ritmo, Pierdo el habla,
Mariado, perdido, suspiro y tropiezo.
Me cabe la duda de si están queriendo describir algo
que sucede cuando las palabras no alcanzan para ordenar la experiencia. Hay algo
sensualmente omitido en estas superficies, en sus formas voluptuosas, en la manera en que
parecen plegarse, tocarse o expandirse, ocultando entre sus volutas una respuesta. Ese
movimiento entre atracción y desconocimiento es una de las cosas que las vuelve eróticas.
La muestra parece proponer una experiencia de aproximación muy íntima, un close up
tecnicolor a paisajes interiores extraños sin ninguna revelación certera. Como la experiencia
del cuerpo propio o del otro en lo erótico, como la visión mística o la experiencia de la fe, a
veces, se trata de encontrar apenas la distancia justa para poder seguir mirando, sin poder
ver ni conocer algo del todo.


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