ELEGÍ TU PROPIA AVENTURA #2 (PLANISFERIO)

Ramiro Pérez Ríos

Tengo un vidrio que quedó negro de acumular tanto reflejo. No le entra nada más. Es opaco y no brilla para nada. Lo miro mientras como un huevo duro. Me gusta ser cuidadoso con la mordida. Intento comer la clara sin llegar a la yema. Me es muy importante cuidar las formas: el círculo perfecto de la yema es primordial para la psiquis personal. Las acumulo sobre la mesa. Parecen canicas artesanales, hechas por una salita de jardín con plastilinas usadas una y otra vez en animalitos que su materia no recuerda. Le temo al olvido. Por eso mi necesidad de vidrios memoriosos y colecciones de yemas. A ellas las veo como solcitos de banderas argentinas que perdieron su núcleo, su luz. ¿Y qué es el borde sin su centro? Bajemos el volumen para acercar el dedo al piso. Algo tiembla y sé que es. El desplazamiento. La algarabía del fondo volviéndose figura. Una vida de panelista para finalmente conducir el programa. A traer el orden y buscar la estructura que no queda mucho tiempo para arrancar. Decía: el alrededor sin objeto. ¿Alcanza con esto para redondear en ausencia? ¿O mejor vacío? Ausencia supone algo que falta. Algo que estuvo y que ya no. En cambio, vacío. Es la negación necesaria. Lo que no es materia. Y lo que no siendo permite justamente identificar a la materia como tal. Por eso lamento mi vidrio negro. Se llenó tanto de ser que terminó ejerciendo el no hacer. Una lástima. Imaginemos un huevo de pura yema. Intragable. Un alfajor de maicena salado que nadie pidió ni pretende querer. No estoy siendo claro: la clara no es vacío. Tampoco ausencia. La falta, percibir lo incompleto, trae dos vías: el lamento o el optimismo. Llorar por lo que ya no es, o esperanzarse con lo nuevo y desconocido que llenará esta vacante. Si veo una foto de una cáscara de huevo puedo pensar en el huevo en sí que ya no está o imaginar que ahí adentro va a aparecer algo. Otro huevo, quizás. Para llegar a la segunda posibilidad hace falta torcer la dirección del tiempo: no ver huellas sino indicios. No asumir que lo representado ya pasó sino que hay una estela. Un redoble de acolchado que se niega a cubrir el colchón. En otra palabra: una potencia. Si amaso todas las yemas que tengo en la mesa voy a llegar a tener una gigante. Sería fácil contentarse con la gesta y apreciarla sin más. La potencia imaginativa sugiere otra posibilidad: pensar en el cascarón gelatinoso de clara que la contendría en caso de existir. Muchísimo huevo. El lamento por lo perdido es una de las formas más viles de ejercer el realismo. Y, como bien sabés, esa es la corrupción de la realidad. Su degradación. Si se necesitan ejemplos líquidos, estaría representado por un vaso de gaseosa que supo estar lleno de hielo pero que nadie tomó a tiempo y ahora tiene gusto a nada. Me vas a preguntar “¿el realismo es el hielo?” y vas a estar equivocada. El realismo es el calor que derrite y diluye. Preludio a la lloriqueada húmeda. Por suerte, el frío seca las lágrimas. Queda una ruta del llanto sobre el cachete. Sigamos unos kilómetros más en ella. Al final, antes del cruce, hay una parrilla espectacular. Espero siga estando.


Posted

Descubre más desde Victorica

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo