¿CUÁNTO MIRO UN CUADRO?

Matías Heer

Cierto día decidí salir del territorio insular de mi cama para dirigirme a la zona de Congreso donde, en un séptimo piso, exponía una conocida. Si bien había anunciado mi visita a través de un mensaje de texto para evitar sorpresas, pensaba en cómo lidiar con el momento del portero eléctrico. Pero al llegar al edificio, un conocido ya había tocado el timbre y presentí buena estrella. Una vez arriba, después de una breve plática de ascensor, el conocido se puso a hablar con la conocida y tuve la posibilidad de deambular por las pinturas con bastante tranquilidad mientras paraba una oreja a la charla por cortesía. Poco a poco, la conversación se fue espaciando con comentarios aislados de los cuadros, a los cuales me sumé algo pudoroso y también por cortesía. Esto derivó en explicaciones muy interesantes por parte de la artista, trazando la cosmogonía de las imágenes y resumiendo el extensísimo texto de sala. Pensé en sentarme en el sillón a leerlo y volver a observar los cuadros, pero el conocido dijo que se dirigía a otra muestra y que todo muy lindo. Sentí que iba a incomodar o que al irme con él facilitaría algo, por lo que decidí bajar. Este episodio tan torpe encierra un problema que no tiene que ver con los modales o la hipocresía, ese homenaje que el vicio le rinde a la virtud en palabras de La Rochefoucauld, pues claramente el vicio en cuestión era la ansiedad que tiene que ver con el tiempo.

Mi sensación fue ¿cuánto tiempo tengo que permanecer frente a un cuadro para apreciarlo? ¿y cuánto en una muestra? Si apenas miro el cuadro, la artista puede sentir que me resulta indiferente. Al quedarme unos minutos en la galería, pareciera que asistí por el compromiso en el que me pongo frente a la exhibición ajena. Y si me instalo horas frente a un cuadro en silencio, qué pesado. Quizás la artista tiene que salir o quiere seguir trabajando con su arte y piensa que me tiene que retribuir con algún tipo de servicio, ofrecerme un café, un dato valioso, o interesarse por algún acontecimiento de mi vida y así preguntarme algo. Quizás no tiene ningún inconveniente con mi presencia e irme antes, por timidez, podría ser ofensivo. Pero al quitar esta selva de emociones y códigos sociales, el problema que persiste es el de la duración.

En una pintura los elementos no se suceden, están ahí relacionándose de todas las partes a todas las partes de forma sincrónica. Ya Lessing en su Laocoonte de 1766, propuso las artes plásticas como cuerpos que coexisten en el espacio, mientras que la poesía trabaja con acciones que se encadenan en el tiempo. Un texto empieza y termina, por más experimentos que hagamos. Lo mismo sucede en el cine, que tiene un título tan iluminador como Esculpir el tiempo. Y la música, en palabras de Susanne Langer, hace que podamos oír al tiempo (“music makes time audible”). Todas estas artes trabajan con el ritmo y el ritmo sucede en el tiempo.

Un poema concreto podría contradecir esta reflexión: al alterar la lectura horizontal clásica, explota una posibilidad espacial del poema que modifica las propiedades del tiempo. Como argumentan en Plano-piloto para poesia concreta (1958), Augusto de Campos, Décio Pignatari y Haroldo de Campos:

… a poesia concreta começa por tomar conhecimento do espaço gráfico como agente estrutural. espaço qualificado: estrutura espaço-temporal, em vez de desenvolvimento meramente temporístico-linear…

Hasta que arriban a la sentencia: “poesia concreta: tensão de palavras-coisas no espaço-tempo”. De lo que se deduce que no podemos quitar al tiempo de la ecuación, por más que  experimentemos una tensión gráfica que está muy cerca de producir el efecto perceptivo del arte en el poema o viceversa ¿Y cuál es esa percepción? El efecto de simultaneidad de las imágenes, de los colores, el rebote inmediato de la luz sobre el objeto que me suspende en su presente, como si el campo gravitacional aflojara y hubiese menos tiempo. Percepciones, por lo tanto, observadores. Una novela significa perder horas en una cama o pasar el rato en un colectivo, mientras que un cuadro ¿cuánto se observa? ¿y por qué tengo que salir de mi cama?

Una amiga artista preguntó ¿y los recitales de pintura de Lula Mari? Y se respondió sola: es una condición que la artista le tiene que agregar al cuadro. Duchamp especuló con nombrar al Le Grand Verre como Retard en Verre y con retardo se refería a una reunión indecisa de instantes: que unas plomadas con color caigan por fuerza de gravedad y tracen líneas, que el viento agite unas telas cargadas con pigmentos, tejiendo sutilmente en el vidrio espacio y tiempo. Sin embargo, las personas que pasean por el Museo de Arte de Filadelfia puede que permanezcan horas o segundos, frente, o al costado, de Le Grand Verre. El retardo involucra el proceso de creación, no demarca una duración para la contemplación. Duchamp, consciente de esto, agregó un texto con maquinaciones, juegos verbales e hipotenusas ficticias sobre la ejecución de Le Grand Verre y hasta metió todo en una cajita verde. Pero era un objeto paralelo y hoy por hoy un libro Duchamp du Signe. El caso de Étant Donnés es un poco más complejo. Va acompañada de un manual de instrucciones para que la puesta de la obra la concluya quien la instale. Desarmada la obra, los parámetros de instalación vuelven a definirse según el espacio y las decisiones de quien la vuelva a montar. El título completo es Dado: 1 la cascada 2 el gas de alumbrado: aproximación desarmable y aclara “por aproximación entiendo un margen de ad libitum en el desarmado y rearmado”. Nada de esto cambia el hecho de que al mirar por la ranura de la puerta, recibamos toda la información en un instante fecundo.

Probemos otra cosa. Supongamos que miro una pintura durante años, encerrado en un cómodo chalet en alguna isla antillana, rodeado de una próspera selva bien podada por el viento, dueño de o al servicio de una extensa herencia, vestido en la más sencilla tela de bambú, nada de eso alteraría la relación gélida del arte con el tiempo.

Pero hay algo esquivo, así que propongo algunas ideas:

  1. Filmar siglos una pintura hasta que se deteriore por completo. No facilitar la tarea exponiendo la pintura a ambientes hostiles, ni tampoco cuidarla de más. Luego proyectar la filmación en altísima velocidad dentro del mismo marco, si es que se ha conservado.
  1. Una ley que dictamine: para observar el cuadro X se deberá concurrir todos los sábados durante un año de forma incondicional y sin derecho a falta. En caso de inasistencia se retomará el ciclo de un año todos los sábados. Si el comprometido observador no asiste dos veces consecutivas, el cuadro será destruido y entrará en litigio por la suma correspondiente al valor de la obra con la galería y/o el/la artista. Nada de esto agrega un segundo de tiempo a la obra.
  1. Relatar en voz alta un lienzo o escultura. Puede tener cualquier duración. De esa manera la obra empieza y termina. Pero hay que hacerla invisible, solo imaginable, lo que problemáticamente podría terminar en un libro.
  1. Destruir un cuadro, se expone mientras se destruye. Por motivos conceptuales puede ser mediante alguna fuente de calor que signifique el único rastro de tiempo en las ecuaciones físicas. Revisar costos.
  1. Recortar una pintura en muchos fragmentos y distribuirla a lo largo de todo un edificio. Esto solo dispersa el problema en fragmentos cada vez más y más minúsculos como polvo de Cantor…

/// Obra en portada: «El día de la primera comunión», Juan Pablo Renzi, 1977.


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